10. Llegada al Turkestán (I)

12 de julio, Ashgabat, Turkmenistán


Dejando atrás Irán, mis derroteros se encaminan hacia el norte, internándome en una de las regiones que, a pesar de su inmensidad, más misterio ofrecen al viajero que atraviesa Eurasia.Asia Central es el término más admitido para definirla geográficamente aunque, quizás más en desuso por la fragmentación política que ha sufrido la región en el siglo XX, a mí aún me gusta referirme a ella como el Turkestán. Si bien, dicho sea de paso, ambas cosas no son exactamente lo mismo.

Por Turkestán me refiero al grupo de países donde se hablan mayoritariamente lenguas turcomanas, de la misma familia que el turco que se habla en Turquía hoy en día. En la actualidad, estos países son Turkmenistán, Kazakhistán, Uzbekistán y Kirguizistán. No son los únicos donde se hablan lenguas turcomanas, pues éstas se hablan, además, en Azerbayan y en grandes áreas de China, Afganistán o Irán (el término Asia Central se refiere sobre todo a los países asiáticos que se independizaron de la Unión Soviética a principios de los 90, entre los que hay que añadir a Tajikistán, donde la lengua que se habla es el Dari, de la familia del persa).

El primero de estos países que visité al abandonar Irán fue la República de Turkmenistán. Ni geográfica, ni política, ni social o culturalmente, se puede decir que sea éste un país ordinario. Y económicamente no es extraordinario, que digamos, a pesar de los enormes recursos naturales que posee (todos ellos bajo tierra, eso sí), principalmente gas y petroleo. De hecho, la gente común es bastante pobre y muchos viven en absoluta miseria. Otros, sobre todo la clase política, ferozmente corrupta y sometida por completo al presidente Niyazov, viven en una absurda opulencia que acaso raya lo paranoico.

Cuando llegué a Ashgabat, la capital, después de atravesar el agreste rango montañoso que separa a este país de Irán a bordo de una camioneta, me encontré de repente transitando por calles desiertas en medio de una gigante broma arquitectónica y urbanística.

La mayor parte del centro de Ashgabat consiste de una serie de edificios y zonas verdes cuya planificación obedeció a los mandatos del presidente Niyazov de convertir a la ciudad en una especie de vanguardia mundial, lo que a la postre se manifestó como un grotesco y erróneo espejo de una sociedad a la que el urbanismo planificado le es totalmente alieno, pues los turcomanos son, en esencia, nómadas. Tal vez sea este el motivo por el cual un proyecto civil de ese calibre (también es verdad que la ciudad necesitaba un "lifting" tras el terremoto que la redujo completamente a escombros hace cincuenta anos), supervisado en última instancia por un megalómano como es Niyazov, cuyos brios culturizadores recuerdan mucho al mismísimo Hitler o incluso a Mao Tse Dong, se haya salido completamente de escala. En la actualidad, esta Disneylandia garrula constituye, en realidad, una monumental verguenza para los turcomanos, los cuales en absoluto disfrutan de este entorno.

Inmensos edificios blancos coronados por deslumbrantes cúpulas doradas, con formas y estilos para cuya catalogación habría que inventarse un nombre, pues parecen ser una mezcla entre arquitectura mughal y estilo plateresco, con fuerte influencia de la línea que caracteriza a los edificios de la saga de la Guerra de las Galaxias y con la simpleza a la hora de hacer los montajes propias de la colección de los Clicks de Playmobil.

El excipiente paisajístico elegido para asentar toda esta colección de maquetas ciclópeas es un entramado verde de parques donde el cesped es atosigado constantemente por el agua que emana de una miriada de fuentes de diversas formas, cuyos chorros se combinan con un estridente y sicodélico programa luminoso.

Pero lo que más llama la atencion al visitante, al menos a mí, no es todo este despliegue de turcomanía sideral; el viajero jamás se ha sentido tan solo caminando por el centro de una capital en plena tarde. La soledad y el silencio de las aceras se refuerzan con el silencioso deambular de un reducido parque automivilístico, la mayoría del cual funciona con gas en lugar de gasolina. Además, el asfalto por el que circulan lentamente estos coches de manufactura rusa es tan liso y brillante, que los neumáticos, al rodar sobre él, emiten un somnoliento murmullo que recuerda al ruido ténue que hacen los carritos de la compra en una supermercado.

El único componente humano que abunda en este solar moquetado es la sempiterna presencia de la policía turcomana (uno de cada cuatro turcomanos es policía), siempre dispuesta a desarmar intentos de conspiración contra su amada patria. Yo mismo fui ocasional sospechoso de actividades irregulares contra el estado turcomano cuando relicé una rafaga de inocentes disparos con mi camara fotografica contra la engalanada ciudad, con tan mala suerte que uno de los policías que se hayaba al otro lado de la avenida pensó que realmente lo estaba fotografiando a él, algo que odian los policías de este país. La verdad es que cuando hizo que la ciudad entera se detuviera con su silbato, me disponía a fotografiar al sujeto, pues su silueta, recortada contra el verde cesped y encajada entre dos enormes edificios en la lejania, me resultó sujerente, con un sombrero de enorme boladizo aplastando un enclenque cuerpecillo al lado del cual giroteaba una colorida porra que destacaba sobre el gris oscuro y sin vida del uniforme.

El policía montó en cólera como un resorte al advertirme con la cámara. El estridente silbido de su silbato y sus aspavientos reclamando mi presencia inmediata en su posicion hicieron que el tráfico se detuviera en seco, con los conductores mirando expectantes para ver cuál era el desenlace de esta incursión invasora extranjera ante la que un pequeño héroe local había intervenido por el bien de la nación. No tuve mas remedio que obedecer al agente y dirigirme a su posición en el otro lado de la calle, que crucé sin problemas ante el inmovilismo que se había producido de repente. Tuve la sensación de que, en lugar de estar en medio de una enorme ciudad, me hayaba dentro de una habitación de altos techos y bien iluminada, donde todos los objetos que me rodeaban no eran más que grandes juguetes inhertes.

Pero el muñeco de peluche que me esperaba agitando su porra no tenía nada de parecido con el osito Winny de Poo. Su rostro resplandecía con ira y malébola satisfacción, con su faz mongoloide circunspecta y algunas fundas de oro en su dentadura (¡Estoy en Asia!). Tuve que pensar muy rápido cómo iba a salir de aquella situación sin grandes pérdidas. Opté por el respeto a la autoridad combinado con una defensa ferrea de mis pertenencias, las cuales no cedería. No obstante, tan pronto como llegué a donde me esperaba el policia, éste agarró mi cámara con un repentino gesto de rapiña y me hizo indicaciones de que quedaba requisada. No tenía más remedio que actuar, y lo hice acaloradamente, protestando en voz alta con la intención de que la autoridad del agente no fuera tan grande como para reducirme sin más.

Traté de llamar la atención de más policías con mis replicas pues, ante un agente corrupto, no hay mejor medicina que la exposición de sus intenciones ante semejantes, entre los que tarde o temprano aparece un superior que no está dispuesto a que un subordinado se lleve un botín desproporcionado. A los pocos minutos se acercó lentamente un policía que solo por su mirada serena ya evidenciaba un rango mucho mayor que el del desagradable muchacho que me había puesto en aquella situación. Así, al ver que éste se cuadraba ante el superior, ni corto ni perezoso, le quité la cámara de las manos. Sin embargo, éste se repuso y me pidió que se la devolviera. Yo no le hice caso y me dirigí al superior explicándole que podría mostrarles las fotos que había realizado para que vieran que no había nada particular o amenazante para la integridad del país. Se las hice ver una por una, pero aún así, el pequeño policía se empeñó en que las borrara todas, sabedor de que podía exigirme tal cosa ante un superior. Me volvió a quitar la camara de las manos y me esforcé en explicarle cómo tenía que realizar la operacion de borrado, pues consideré que mi mejor opcion era que perdería sólo las fotos que acababa de realizar. El policía las revisó una por una y las borró de la memoria digital, pero quiso verlas todas, iuncluso las que había realizado en otros países, así que, en un esfuerzo por mostrarme diplomático, se las hice ver todas (Bulgaria, Turquía, Irak, Irán...). Por suerte pude convencerle de que solo borrase las de la ciudad de Ashgabat.

Pero aún tuve más suerte cuando el héroe local ignoró la primera foto de Turkmenistán que aparecía en la memoria de mi cámara: una foto de la fachada del puesto fronterizo que había realizado clandestinamente al pasar a pie desde Irán a Turkmenistán. Si hubiera advertido esta imagen, en la que se puede ver incluso un cartel con la foto del presidente Niyazov, mi suerte habría sido muy distinta y hubiera perdido mucho más que quinde angustiosos minutos y unas cuantas fotos que podría repetir más tarde.

Continua...

9. El viaje de Alí


Si hay algo que tienen en común todos los viajes es que tienen un principio y un final. No importa cuanto tiempo duren o cuan largo sea su recorrido. Su carácter efímero es lo que los convierte en una experiencia única; maravillosa o dramática, emocionante o intranscendente, cara o económica, vital o mortal.

El viaje de Alí es una experiencia que aún se está desarrollando, como mi propio viaje. Y en un momento dado, el destino quiso que nuestros caminos se cruzaran, concretamente en Mashhad, al este de Irán, donde pasé un día entero en compañía de este misterioso personaje, el cual atrajo mi atención de igual manera a como anteriormente me habían seducido las montañas y gentes del Kurdistán, las ciudades e historia de Persia o la comida y ambientes de Turquía.

Por todo esto, he considerado razonable incluir en mi propio diario esta aventura humana de la que he sido testigo y por la cual he sentido admiración, respeto, pena y esperanza.

Alí comenzó a contarme su viaje mientras cocinaba una pizza en casa de Vali, el casero que nos alojaba esa noche a ambos y a dos cicloturistas holandeses. Yo me ofrecí a hacer de pinche para él, mientras que los dos holandeses negociaban con Vali la adquisición de una alfombra persa, tumbados en el balcón. Al preguntar a Alí donde había aprendido a preparar la pizza con tanta soltura, éste me confesó que había trabajado en un restaurante de Nápoles durante unos meses. Allí estuvo empleado como cocinero de manera ilegal aprendiendo el noble arte de la cocina, acaso la ciencia popular de las proporciones, de los tiempos, las substancias y temperaturas. No solo aprendió rápidamente, sino que además se convirtió en un buen cocinero, algo que en ese momento era vital para él.

Varios meses antes, Alí había abandonado su hogar en Tabriz (en el oeste de Irán) tras tomar la decisión, junto con su esposa, de emigrar a Europa durante unos años con la esperanza de hacer dinero trabajando duro, y tal vez, conseguir un permiso de residencia en algún país europeo. La apuesta fue muy grande, pues no solo dejaba en Irán a su mujer, sino también a su recién nacida hija y, además, se arriesgaba a que la aventura terminase en tragedia por las circunstancias en las que se fue. No tenía contactos en Europa y tampoco tenía ningún documento que le garantizase la entrada en la Unión Europea. Es decir, viajaba como "emigrante ilegal" en el sentido estricto de la palabra, con todos los riesgos que ello conlleva (y en España sabemos bien lo que eso significa). Sin embargo, la apuesta podría proporcionar un futuro mejor para él y su recién creada familia.

Después de cenar en el balcón, tumbados sobre la colección de alfombras kurdas y persas de Vali, y tras haber degustado con avidez la espectacular pizza, Alí me contó los detalles de su viaje, los cuales escuché con atención para poder recordarlos lo mejor posible, a pesar del robótico y escaso inglés que Alí era capaz de desplegar.

A Italia había llegado desde Eslovenia, a donde había entrado desde Croacia, donde se había desplazado desde Bosnia (como años antes tantos refugiados). Al país musulmán de los Balcanes llegó después de hilar una serie de recorridos a través de Serbia, Bulgaria y Turquía, destino éste alcanzado inicialmente desde su Tabriz natal por vía férrea. Su objetivo final era claro: siempre hacia el oeste, precisamente al contrario que mi actual viaje, siempre persiguiendo la salida del sol por oriente.

De todos estos movimientos iniciales, el más delicado y arriesgado fue el que realizó entre Eslovenia e Italia, pues entre ambos países existía entonces una frontera real custodiada por agentes fronterizos. Pero un día, después de mucho cavilar, se le ocurrió al astuto Alí que los agentes fronterizos italianos no tenían desarrollado un especial celo hacia las personas que frecuentaban las vayas que separan su país del pequeño estado esloveno, así que decidió hacerse pasar por un simple ciudadano deportista que practicaba "footing" a lo largo de la frontera, e incluso llegó a confraternizar con los guardias para que estos no sospecharan de sus intenciones. Así que, tras varios días realizando el mismo ejercicio, una tarde decidió que era el momento adecuado para poner en práctica su estudiado plan. Después de haberse saludado con los guardias mientras corría frente a ellos, como venía siendo habitual, eligió un lugar algo alejado del puesto de tránsito fronterizo y saltó limpiamente la vaya, alejándose rápidamente hacia el interior -ya en suelo italiano- y enredándose en las sábanas de la noche para pasar inadvertido través de los primeros kilómetros en tierra transalpina.

Moverse por suelo europeo fue relativamente sencillo gracias a la inexistencia de fronteras físicas. Primero el restaurante de Nápoles, después varios trabajos clandestinos aceptablemente remunerados en el norte de Italia. De ahí a Francia y luego a Bélgica, siempre con la precariedad como compañera de viaje. En un momento dado se le ocurrió que la clandestinidad no era una opción permanente ni provechosa para sus intereses, así que decidió viajar a Inglaterra, donde podría contar con la protección de una comunidad iraní en ese país que estaría dispuesta a ayudarle.

Cruzar desde Bélgica a Inglaterra por el Eurotunnel a través del Canal de la Mancha no sería fácil. Tuvo que esperar la ocasión de introducirse en uno de los cientos de camiones que hacen ese recorrido a diario. Finalmente, con gran esfuerzo y poniendo de nuevo su vida en peligro, consiguió alojarse sobre los ejes del remolque de uno de los camiones, cuando éste ya estaba en movimiento después de haber sido registrado por los funcionarios del túnel.

Encajado entre las ruedas del enorme vehículo, Alí tuvo que hacer grandes esfuerzos mentales para no decaer ante la dramática prueba ante la que la Vida le había enfrentado. Sentirse como una rata escondida en un camión que era transportado bajo el mar fue sin duda una enorme carga para su cansado orgullo, pero sabía que era la única manera de conseguir su objetivo: dinero suficiente para optar a una vida mejor con su familia en Irán. El rostro de Alí se endurecía y su ritmo de voz se hacía espeso, con sus ojos vidriosos escrutando el infinito en la noche persa, mientras contaba este episodio de su odisea particular.

El camión ni siquiera se detuvo nada más llegar a la costa inglesa, sino que continuó su marcha durante varias horas, haciendo su primera parada cuando ya estaba bien adentrado en la isla británica. En ese momento Alí no desaprovechó la oportunidad para descolgar su agazapado y exhausto cuerpo de los ejes del remolque, reptando doloridamente hacia el andén de la carretera y desapareciendo en medio de la maleza.

Un nuevo país, un nuevo clima, una nueva sociedad y un buen puñado de oportunidades de cambiar el rumbo de su vida.

En Inglaterra le fue relativamente bien a nuestro personaje. Permaneció allí varios años, en los que trabajó duro y en los que consiguió reunir una buena cantidad de dinero que siempre administró con rigor, pensando en el futuro de su incipiente familia.

A diferencia del viajero que vaga por el mundo conociendo culturas e historia, Alí se preocupó sobre todo por aprender en materias prácticas que sirviesen a sus objetivos. Así, en lugar de hacer cola en la entrada de la Tate Modern Gallery o de pelearse en las verjas del palacio de Buckingham para sacar la mejor foto del cambio de guardia, Alí adquirió conocimientos sobre política y regulación de la inmigración; sobre organizaciones de acogida y asesoramiento para inmigrantes; sobre canales para enviar dinero a su país de origen o sobre las distintas vías para formalizar su estatus y dejar de ser "ilegal".

Al final, decidió que Inglaterra no era el mejor sitio para esto último, al tiempo que supo que el país donde mayores posibilidades tenía de acabar con su condición de ciudadano proscrito era Noruega, donde podría ser acogido como refugiado político. En llegar al país escandinavo puso todo su empeño a partir de entonces y, gracias a la enorme experiencia adquirida en los años anteriores, pudo hacerlo con relativa facilidad.

Primero a Suecia en barco desde Inglaterra y después, atravesando una de las fronteras menos perceptibles del mundo, el país vikingo de los fiordos.Se dirigió directamente a Oslo, en cuyas oficinas centrales de la policía se presentó por su nombre y declaró su deseo de convertirse en refugiado político iraní, auspiciado por las normas noruegas sobre inmigración. Su plan funcionó y, efectivamente, tras unos lentos procedimientos administrativos, se le otorgó la codiciada condición. Sin embargo, Alí empezó pronto a aprender lo que eso conllevaba. En principio pudo disfrutar de la sensación de ciudadanía, aunque en la práctica no pudiera considerarse un ciudadano libre. Se le asignó un cuarto en un edificio para refugiados políticos de varias naciones, donde disfrutaba de cobijo y alimento.

Con el tiempo, Alí decidió que su nueva situación no era mejor que la anterior; no al menos pensando en su familia, pues su estatus no le permitía trabajar legalmente y, después de un tiempo (en el que también se tuvo que enfrentar a los rigores del invierno noruego), decidió que lo mejor era volver a su país. Se daba por satisfecho con lo conseguido y se sabía incapaz de prosperar más al margen de su familia.

No obstante, una sombra de duda planeaba sobre su mente en los últimos meses antes de su vuelta. Por desgracia, sus sospechas se hicieron realidad y al retornar a Irán supo que su mujer le había abandonado y se había ido a vivir, llevándose a su pequeña, con otro hombre junto al que se había instalado en una casa recién comprada con el dinero que Alí enviaba poco a poco desde el comienzo de su aventura.

La reacción de Alí fue serena en apariencia. La turbulencia de los pensamientos que ocupan la cansada mente de un hombre en una situación así escapa a mi imaginación, pero la violencia con la que éstos debieron chocar unos contra otros, como á tomos desbocados en medio de una reacción química nuclear, desembocaron en un estado de ánimo nuevo para él. Descubrió que no tenía sentimiento de culpa. Por otro lado, las raíces que había comenzado a clavar en Tabriz, regándolas con dinero europeo, habían sido arrancadas de cuajo. Su posición en el mundo era más resbaladiza que nunca y la toma de una decisión, por alocada que fuera, era la única vía de preservar su cordura y apego a la vida. La carretera fue su elección.

Desde entonces, Alí recorre los caminos de Irán, en un viaje en bicicleta que dura ya tres años. En ese tiempo ha recorrido miles de kilómetros a lo largo y ancho de Irán, conociendo historias y formas de vida que ningún otro viajero es capaz de conocer. Su medio de vida es la pequeña limosna, que Alí sabe recaudar y administrar con dignidad, solicitándola por una causa justa, sin mendigar. Alí suele ofrecer su ayuda y habilidades a gente corriente que se va encontrando en su camino, y a la que únicamente pide alimento y cobijo a cambio de su esfuerzo, eso es todo cuanto necesita.

En ocasiones recorre cientos de kilómetros sin cruzarse con ningún ser humano, así de vasta es la geografía persa. Ultimamente, gracias a que ha adquirido cierta fama dentro del país, pide algo de dinero a las oficinas de turismo en las grandes ciudades por las que va pasando, a las que promociona con material turístico (camisetas, CDs, mapas, etc.), o sencillamente dando información a los turistas a los que se encuentra. No suelen darle mucho (cuando le dan algo), pero recuerdo muy bien su alegría cuando salió de la oficina de turismo de Mashhad, después de haber hablado con su director. "¡¡¡Me han dado 20 jomeinis (unos 20 dólares)!!! ¡¡¡Esta noche cenamos pizza!!! ¡¡¡Vamos a comprar los mejores ingredientes!!!"

Es media noche en Mashhad, la ciudad santa de los chiítas. Alí ha bajado su mirada y guarda silencio, meditabundo tras contarme su historia. Juguetea inocentemente con su encendedor. Le pregunto si ha rezado hoy, pues en ningún momento le he visto hacerlo (los chiítas rezan tres veces al día, en lugar de las cinco que lo hacen los sunitas). "Yo no tengo nada que ver con todo eso", me dice. "De vez en cuando bebo alcohol. A veces fumo hachís. No me parece que sea malo. Los religiosos no me interesan, ni tampoco las religiones".

Le pregunto qué pensó del hombre que le había usurpado a su mujer y a su niña. Utiliza un inteligente símil para responderme: "Cuando voy por la carretera con mi bicicleta y me encuentro con un escorpión en mi camino, no paso por encima. Me detengo delante suyo, sin hacerle ningún daño, y le digo que se aparte. Al final, el animal se retira y yo sigo mi camino".

¿Y tu hijita? ¿No la echas de menos? Le pregunto algo indeciso. Durante toda la narración no me ha mirado a la cara. Se ha limitado a hablar perdiendo la mirada en las estrellas, como si éstas fueran los signos de puntuación de su historia. Pero ante esta pregunta se vuelve hacia mí y me responde con una mirada clara, llena de sosiego y convencimiento. "Yo sé que en el futuro ella vendrá a mí".

Tal vez entonces termine el viaje de Alí.

Continua...

8. Irán: viajando por la Revolución (II)

7 de julio, Mashhad, Irán



Enfilando mi retorno a Teherán, decidí visitar la ciudad de Yazd, que me dió la impresión de ser un enorme hormiguero, ya que en su parte antigua esta integramente construida con muros de barro alisado. Se trata de una gran hoya en la que las altas temperaturas diurnas lo cuecen a uno lentamente. En este lugar era necesario esperar a las horas vespertinas en las que el sol empieza a bajar en el horizionte, fijando su ardiente mirada en tierras más occidentales, con el fin de salir a la calle y disfrutar de su belleza.Aquí es habitual comer carne de camello, pero eso no es relevante en comparación con la historia que guarda orgullosa esta relajada población. Yazd es el centro religioso más importante para los Zoroastras de Irán. La religión zoroastra, o zoroastismo, es la primera religión de la historia que postulaba la existencia de un solo dios. Esto fue dicho así por Zaratustra, hace unos cuatromil años, quien vió en el fuego la representación divina del creador del universo, motivo por el cual los zoroastras se caracterizan por mantener llamas eternas en sus diferentes templos, ante las que rezan sus plegarias. La familiaridad con el fuego de los zoroastras, su capacidad para transformarlo y para hacerlo cotidiano, fue principalmente desarrollada por los clérigos zoroastras, los cuales eran llamados magis, termino del que proviene la palabra "mago". Ademas, el término mago, tal y como lo conocemos en la cultura cristiana, tiene una asociación directa con los magis zoroastras, pues se cree que los Tres Reyes Magos de Oriente eran señores zoroastras provinientes de Irán, concretamente de la ciudad de Kashan.


A pesar de todo, el zoroastrismo es una religión en declive. Tal vez su carácter ancestral y algo misterioso no pudo aguantar el empuje con el que se introdujo el Islam en Irán, una religion mucho más sofisticada y adaptada a la forma de vida de las gentes de Oriente Medio. Hoy no quedan más de cien mil zoroastras en Irán, y si bien no son perseguidos o acosados por las autoridades religiosas iranies, en cierta forma sí están discriminados y bloqueados por las estrictas exigencias de las leyes de la república islámica.

Teherán parecía reirse lascivamente de mí conforme me veía aproximarme a ella. Con la cabeza agachada y cierto cansancio, no tuve más remedio que volver a esta agrupación de despropósitos urbanísticos. Tal vez fuera pura sugestión, pero desde el tren que me devolvió allí ya podía escuchar los bocinazos y ronroneos de los millones de coches y motos que forman los rios de chatarra que fluyen por las ardientes calles teheranas.

Por si fuera poco, mi estancia habría de prolongarse más de lo que había pensado cuando abandoné Teherán para hacer mi recorrido por el centro del país, pues a mi propósito de recoger el visado para Turkmenistán se había unido la difícil misión de solicitar -y obtener- el visado para Pakistán. Esto lo decidí después de haber hablado con un viajero italiano en Yazd, quien me aseguró que si no lo hacía en la capital iraní, ya no tendría casi posibilidades de conseguir el visado para ese país en ningún otro sitio de mi ruta prevista. Aún así, mis posibilidades de conseguirlo aquí eran reducidas, pues las embajadas pakistaníes tienen la costumbre de remitir a los solicitantes de visados a las delegaciones pakistaníes en sus propios paises, es decir, debería haber obtenido el visado para Pakistán en España, cosa que obviamente no hice al no tener la certeza de cuando llegaría allí. Me hallaba en una encrucijada, así que mi principal tarea consistió en buscar la embajada pakistaní en Teherán para salir de dudas. Trabajo duro de nuevo, pero cumplido al fin y al cabo. En la embajada de Pakistán fueron muy reacios a facilitarme las cosas. Me obligaron, antes de poder solicitar el visado, a entregarles una carta de recomendación de la embajada de mi propio país en Irán. Así pues, la primera parte de la misión consistió en ir a la embajada española en Irán y pedirles la dichosa carta, algo que al parecer no les resultaba nada familiar. Pero finalmente, una señora salió de una oficina adjunta a la salita en la que guardaba espera, acompañado de una enorme foto de Don Juan Carlos y Dona Sofía, y me entregó la carta de recomendación. A partir de aquí todo fue más fácil, pero aún tuve que volver al menos tres veces a la embajada de Pakistán antes de obtener el visado, con entrevista ante el embajador incluída.

Con el tema de visados resuelto, por fin pude alejarme de Teheran. Pero, un momento, el que haya leído esto pensará que para mí esta ciudad fue un infierno al que decidí descender de manera voluntaria. Debo de hacerle justicia a la gran urbe persa del siglo XXI y no puedo dejar de reconocer que, en primer lugar, sus gentes son tan amables como en el el resto del país (aunque más expeditivas). Por otro lado, la capital iraní cuenta con una excelente colección de museos, de los que tengo que destacar, por el deleite que me causaron, el Museo Nacional de Joyas, cuya entrada es ya un puro espectaculo, con modernisimos sistemas de seguridad. Todo ello para salvaguardar las posesiones que allí se esconden: una mareante cantidad de joyas infectadas de millones de diamantes a los que era adicta la dinastía Safavida que regía el Imperio Persa desde Isfahán en el siglo XVI.

Otro museo que me ayudó a despegarme de las viscosas calles de Teherán fue el encantador Museo de Cerámica y Cristal, donde en un gran número de ocasiones tuve que achinar mis ojos al máximo para apreciar cada detalle de las delicadas piezas que allí se exhiben. Por otro lado, aquí pude saber que el porrón es un invento persa, por mucho que les pese a los aficionados españoles a la sangría y a la clara de cerveza.



Mucho me costó esfumarme de Teherán. Al engorroso oficio de conseguir visados, había que añadir la circunstancia de que mi siguiente destino era la ciudad santa por excelencia de Irán: Mashhad. Para hacerse una idea de lo que supone viajar a este santuario, se puede presentar un ejemplo meramente logístico. Mientras que para ciudades importantes como Isfahán o Yazd parten únicamente 2 trenes al día desde Teherán, en el caso de Mashhad el número de trenes diarios oscila entre 12 y 15, dependiendo de la temporada. A pesar de esta abundancia de pasajes, conseguir un billete en uno de estos trenes es toda una aventura que se desarrolla en la planta superior de la estación de ferrocarriles de Teherán. La cola que hay que guardar para obtener un número que dé derecho a comprar el billete es de las más largas que he tenido que hacer en mucho tiempo. No menos de tres horas y media permanecí esperando. Y esto ni siquiera me aseguraba un asiento en el tren, ya que después tuve que pelearme con un gran numero de devotos a los que no podía entender ya que ni siquiera sabía que es lo que tenía que hacer para comprar el billete una vez obtenido el número de espera. En estos casos, como ya me ha ocurrido tantas veces, jugar la carta de turista ignorante es lo más provechoso, siempre que se lleve a cabo con amabilidad. Así, hice ver a uno de los empleados que quería pasar porque tenia número, como todos los que estaban a mi alrededor. La habitual disponibilidad de los persas hacía los extranjeros se puso de nuevo de manifiesto y el empleado me coló por todo el medio de una multitud enfurecida y me llevó hasta la ventanilla, donde pude comprar el billete.

Con éste en la mano, y ante la creciente crispación que me rodeaba, tuve que buscar una vía de escape, la cual me fue de nuevo facilitada por el empleado ferrroviario, quien hizo de escudo humano para mí. Al abandonar el lugar me lamenté por la lluvia de protestas que tuvo que soportar el hombre, pero pareció recibirlas estoícamente, casi con orgullo, ante el acto de buena fe ante un extranjero que acababa de realizar. Irán está lleno de gente como él.

Efectivamente, Mashhad es popular. Los musulmanes chiítas, facción del islam eminentemente persa, la consideran más santa que a la propia Mecca. Los chiítas son seguidores de la guía espiritual y coránica del califa Alí Talib, el hijastro y primo del profeta Mahoma. El era el cuarto de los califas a los que Mahoma había encomendado la misión de difundir y proteger el Islam, pero sin embargo, era el único con lazos de sangre directos con el Profeta. Los musulmanes sunitas -que son la mayoría en el mundo islámico- no obstante consideran a los cuatro califas como guías espirituales legítimos del islam.

El santuario de Ali Reza, un célebre clérigo chiíta, es el centro de la fe musulmana de Persia, por lo que el ambiente en esta ciudad -célebre también por sus alfombras- está cargado de una agradable mezcla entre misticismo y tradición. Allí me alojé en la casa particular de un extrovertido iraní que ofrecía su hogar, a través de internet, para dormir y comer a un bajo precio. Por supuesto también vendía alfombras, y los que se hospedaban en su guarida constituían su principal mercado. No obstante Vadi, que así es como se llamaba, no era muy insistente y prefería disfrutar de la compañía del extranjero antes que esforzarse por todos los medios en venderles algo, por muy buen material que fuera. Mientras estuve allí coincidí con tres cicloturistas, dos holandeses y un iraní. Este último, de nombre Alí, resultó ser todo un personaje al que guardo especial aprecio.

Con Alí congenié desde el principio. Su aventurado viaje alrededor de Irán durante tres años sobre una vetusta y atiborrada bicicleta me fascinó por considerarlo un viaje cargado de sentimiento, aunque probablemente sin ningún sentido en sí mismo.

En mi última noche en Irán, tras haber disfrutado de una agradable velada con mis compañeros de apartamento, y bajo los efectos de esencias afganas, Alí me contó su viaje.

Continua...

7. Irán: viajando por la Revolución (I)

7 de julio, Mashhad, irán



Escribo este artículo desde la ciudad santa de Mashhad, en el este de la República Islámica por excelencia: Irán.La Revolución del 79 es como una enorme bola de plomo que lastra cada movimiento cotidiano de los iraníes. De igual modo a como se representa a los presos en los cómics o caricaturas, cada iraní debe arrastrar su propia parte de penitencia. Sin embargo, el lamento por ello es dispar, pues mientras unos, sobre todo los jóvenes, ven en ese lastre una injusta condena vitalicia, otros, los fundamentalistas y los clérigos chiítas mas recauchutados, hacen de esta pena un alarde de martirio ante los ojos del todopoderoso Allah. Las mujeres, en cualquier caso, son quienes peor cargan con semejante Sambenito debido a una absurda segregación y ocultación que acaso parece propia de una rabieta infantil ante los ojos del viajero occidental. No vale tocar! No vale mezclarse! No vale mostrar de muñecas hacia dentro, ni de cuello para abajo, ni de tobillo hacia arriba! Y por supuesto, no vale mostrar el cabello! Si solo mostráis los ojos, y nada más, entonces mucho mejor, pues permitiréis que los hombres, que hacemos las leyes, que interpretamos las palabras del Profeta, seamos alejados del pecado. Envolved vuestra gracia para que no tengamos malas tentaciones. Apartaos de nosotros para que no rocemos nuestra piel con la vuestra.

Compartimentos separados en el autobús. Vagones independientes en el metro. Lugares separados para el culto en la mezquitas y mausoleos. Parece como si un absurdo juego de niños se hubiera convertido en el aburrido día a día al que juegan los iraníes.

Es difícil acostumbrarse a esta atmósfera, a esta crispación congénita que envuelve a los iraníes. Como me contaba Pasha, un anciano de Teherán que había estudiado y trabajado en Inglaterra antes de la revolución islámica emprendida por el Ayatolá Jomeini para derrocar el régimen de los Shas, "no debería haber vuelto de Inglaterra, me equivoqué. Ahora vivimos bajo una opresión asfixiante. Los bashi (policía secreta) lo vigilan todo, escuchan cualquier conversación, pagan bien a los informadores que están dispuestos a delatar a sus vecinos o compañeros de trabajo insurgentes. Nadie tiene dinero para llegar a fin de mes. Yo soy pensionista y tengo que trabajar como taxista -al igual que cualquier otro que tenga un coche, todos somos taxistas aquí. Los jóvenes no ven futuro y están deprimidos. Ni siquiera pueden organizarse para llevar a cavo una contrarrevolución por temor a ser arruinados de por vida o, peor aun, asesinados". Le pregunto por los iraníes que están en el extranjero y si tienen un posible líder que les pueda guiar hacia un futuro mejor. "En el extranjero, el único líder del que podemos esperar algo es Mr. Bush". Así es, el futuro parece desolador para las personas que buscan libertad de expresión en este país.

Abandonar Irak, siguiendo mis pasos en sentido inverso al tomado una semana antes, fue una calida experiencia que retengo en mi memoria de manera especial. Nada más llegar a Silopi -ya en Turquía- me subí a un minibus con destino a Sirnak, que es la capital de la pequeña región que lleva el mismo nombre. Mis acompañantes eran todos niños de doce años que se dirigían a esta localidad, en compañía de uno de sus profesores, para realizar una serie de exámenes, algo muy habitual en las provincias turcas del este, donde algunas poblaciones son tan pequeñas que los exámenes de carácter mas oficial deben realizarse en las ciudades de mayor tamaño. Los niños exultaban entusiasmo y yo era su centro de atención constante. Tímidos al principio, pero asalvajadamente campechanos al final, se envalentonaron los suficiente como para poner en practica los rudimentarios conocimientos de inglés que atesoraban, en ocasiones señalando a uno de ellos, ciertamente con cara de espabilado, como interlocutor, ya que debía ser el que mejores notas tenia en lengua inglesa. El chaval, más que hablar, me hacia gestos de los conceptos relacionados con España que mejor conocía, por supuesto de futbol, pero también de toros, así que, para reírme un poco con los traviesos muchachos, les dije que yo era torero, y creo que hasta el profesor se lo creyó. Entre risas llegamos a Sirnak, encalada en lo alto de un grupo de rocosas montañas con vistas a un valle irregular (los habitantes de Sirnak dicen que es en este monte, y no en el Ararat, donde el Arca de Noe hizo tierra tras el Diluvio Universal), y allí me despedí de todos ellos, como si de amigos de la infancia se tratase. Entonces pensé en los niños que había visto en Irak, que eran muy pocos y apenas se los veía jugar en la calle. Casi siempre los observaba merodeando en los recibidores de las casas, entretenidos con algún artefacto al que habían atribuido las lúdicas propiedades de un juguete; una escoba, un neumático, una sábana... cualquier instrumento con el que agitar su bombardeada imaginación les servía

Desde Sirnak viaje a Van, la ciudad más importante del extremo este de Turquía. Desde allí haría un ultimo desplazamiento por este país hasta la ciudad fronteriza de Dogubayazit, a escasos kilómetros de la frontera con Irán. Sin embargo, mis dos últimos días en Turquía no fueron meras jornadas de tránsito. Por suerte (o por costumbre, teniendo en cuenta que estaba viajando por el Kurdistán), el conductor del minibús desde Sirnak a Van me invitó a pernoctar en su apartamento, el cual comparte con unos estudiantes. Por supuesto acepté, y fui recompensado. Durante un día entero disfrute de la compañía de unos jóvenes kurdos que me trataron con tanto aprecio como a un hermano. Juntos disfrutamos de baños turcos, de comida tradicional y, sobre todo, de buena conversación.

Al día siguiente de mi estancia en Van viaje hasta Doguvayazit, únicamente para pasar la noche antes de entrar en Irán. No obstante, la atmósfera de esta población fronteriza tenía algo especial. Algo grandioso; algo con lo que cuentan pocas ciudades fronterizas en el mundo: La imponente presencia del monte Ararat y la majestuosa estampa del palacio de Isaac Pasha.
Desde Doguvayazit hay un corto trecho de unos diez kilómetros hasta la frontera con Irán, y durante todo el recorrido es difícil abstraerse a la intimidatoria presencia del monte Ararat, el cual alcanza los 5.615 metros de altura, aunque la sensación es de que alcanza mucho más que eso, ya que esta relativamente aislado de otras montañas y sus faldas parten abruptamente desde una inmensa llanura que aún lo hace destacar más sobre el paisaje. Vigilante como un soberbio guardián, este monte observaba todos mis movimientos a un lado y a otro de la frontera, y al final, justo antes de perderlo de vista entre las paredes de la garganta a lo largo de la cual se esconde Maku, la primera ciudad iraní, se me antojo pensar que había sido bendecido por él para disfrutar de una agradable estancia en Irán.

Hay veces que entras en un país trastabillado, como si hubieras sido empujado en él sin estar del todo preparado o mentalizado; Sin haber digerido las experiencias en el país que abandonas. Esta es la sensación que tuve al llegar a Irán, la Gran Persia. Tal vez los días anteriores en Irak y Turquía pesaban demasiado en mi mente, y el hecho de entrar en un país tan diferente me sacudió sin ofrecerme apenas tiempo de reacción, por lo que mis desplazamientos iniciales fueron torpes e incluso tildados de cierta desgana. Admisiblemente aburrido los dos primeros días hasta dejar Tabriz, la primera gran ciudad iraní al entrar desde el oeste.

El lugar más destacable de esta vieja urbe es su famoso bazar, resaltado en la incipiente literatura de viajes por el mismísimo Marco Polo, en su crónica sobre su recorrido desde Venecia hasta China (las malas lenguas dicen que en realidad el veneciano sólo llegó hasta Tabriz y que allí se limitó a recopilar información sobre Oriente a partir de la cual inventó su historia). Para hacerlo más interesante decidí visitarlo al anochecer, con los negocios cerrados o preparándose para ello. Me sorprendí a mi mismo en la oscuridad de las callejuelas cubiertas que forman la gran colmena del bazar. La penumbra hacía destacar cualquier negocio tímidamente iluminado en la lejanía, preparándose para la jornada del día siguiente. De vez en cuando, alguna motocicleta se cruzaba en mi camino repentinamente, sin haber sido escuchada al aproximarse debido a la muda acústica del parrillado complejo. Al final, como había imaginado al entrar, acabé perdiéndome en sus calles y mi entretenimiento consistió en encontrar una salida del laberinto.



No le di muchas más oportunidades a Tabriz, como tampoco se las he dado a muchos otros lugares que he visitado, un gesto del que debe avergonzarse cualquier viajero que transita por el mundo, saboreando, olfateando, impregnándose de cultura a marchas forzadas. No es malo avergonzarse en este sentido si se hace con humildad, pues siempre queda el romántico consuelo de que un día, en el futuro, se volverá a ese lugar, para pagar la deuda que se le debe; para entender lo que pasa y ha pasado en cada sitio que se visita. Pero la realidad es que casi nunca se vuelve, no a todas las ciudades al menos, y siempre es mejor bajar la cabeza ante la evidencia de que el viajero es un oportunista, no un detallista. Viajamos por el mundo esperando que la tierra nos ofrezca su mejor cara a nuestro paso. Pero no volvemos la mirada, ni nos ofuscamos por la efímera atención de nuestros sentidos porque, ante todo, nuestro mapa es el horizonte, en cuya inmensa curvatura apoyamos nuestros brazos como si de un privilegiado balcón se tratase. Más allá de éste fijamos nuestra inquieta mirada. El horizonte es la apuesta, la tierra es el premio.

Autobuses renqueantes, arcaicos trenes españoles revendidos a bajo precio, coches humeantes y aladrillados con marca propia: Paykan, el horgullo nacional, el coche al que todo iraní daspira, una ingenua copia del famoso Renault 12, y un auténtico devorador del ozono que hay en la atmosfera debido a las enormes emisiones de CO2 que libera con cada trago de barata gasolina que consume. Con esta combinación de medios de transporte me adentre en la tierra de Dario el Grande. Primero Tekab, desde donde visité las inquietantes y escénicas ruinas de la vieja ciudad de Takht-e Soleyman. En torno a un crater del tamaño de un campo de fútbol que no deja de bombear agua clara al exterior, se hayan dispersas las ruinas de este extraño enclave persa que pasó a manos de los mongoles cuando estos barrieron todo el territorio entre China y Hungría, y que después abandonaron, entregándolo al polvo. Hoy en día poco queda de este curioso asentamiento, pero su posición en medio de un amplio y árido valle, muy cerca de otro no menos curioso crater elevado que era utilizado como prisión, ayuda a tener una visión de la nueva realidad que me acoge como viajero. Irán es diferente. Siempre ha sido diferente.

En Tekab, una pequeña población de mayoría kurda y azarí (étnia turca), pasé dos noches. Aquí tuve mi primer contacto real con la sociedad iraní, sobre todo con la juventud, pues nada más llegar al único hotel que hay en el pueblo -y caro (12 euros!!)- fui asaltado amigablemente por Sajaad, un joven estudiante ávido de practicar su inglés con extranjeros. Su educación y cortesía al dirigirse a mí fueron propios del "manual de buenas maneras", así que no pude negarme a parlamentar con él. Y no tardé en hacerme eco del primero de los gritos que habría de escuchar acerca de la represión del actual régimen islamista iraní.



Con Sajaad acordé encontrarme al día siguiente de mi llegada, por la tarde, para seguir hablando, ya que en ese momento estaba muy cansado debido a la retahíla de medios de transporte que me habían llevado hasta Tekab. Pero a la mañana siguiente, cuando me dirigía a las ruinas Takht-e Soleyman, fui interceptado por otro sonriente joven, en esta ocasión Mohamed, un estirado y algo amanerado muchacho que me ofreció su ayuda para encontrar transporte hasta allí. También él se empeño en que nos viéramos por la tarde para hablar. Su inglés era en apariencia bueno, sin embargo, las escasas oportunidades que se le habían planteado para practicarlo suponían una irritante interferencia para una comunicación fluida, de manera que no fui capaz de hacerle entender que mi agenda estaba muy apretada. Así pues, decidí citarme con él a la misma hora que con Sajaad, a las seis de la tarde en la recepción del hotel. Cuando llegó el momento y me presenté allí, la escena me resultó sumamente cómica, pues me encontré a ambos sentados en el recibidor y elegantemente vestidos para la ocasión; Mohamed con su bigote veinteañero bien recortado y Sajaad con una camisa recién planchada. Ambos sonreían forzadamente, como si se tratase del novio que espera a la novia en su primera cita. En este caso yo era la "novia", y además sentí que no tenía un pretendiente, sino dos, pues incluso pude apreciar cierta fricción entre ambos por la pequeña derrota que les supuso a cada uno el tener que compartirme.

La tarde la pasamos en un local que servía helados únicamente de dos sabores, o mejor dicho, de dos colores, ya que para mí fue imposible identificar a qué fruta correspondía cada color. Después fui presentado a un gran número de amigos y familiares de ambos, todos ellos extremadamente educados. Tuve la intensa sensación de que mi día en Tekab había estado cargado de una espesa dualidad, de dos componentes complementarios que podían ser claramente separados y que tenían el mismo peso, aunque diferente signo. Por un lado, la visita a un enigmático lugar cargado de historia y de historias, con el aliciente de haber sido el único visitante extranjero, y por el otro, la absorvente comunión con la sociedad iraní, llevada a cabo de una manera tan fluida que me hizo sentirme familiarizado con el entorno tan solo unas pocas horas después de haber entrado en él. Este, sin duda, fue uno de los sellos de mi visita a Irán, el cual podría sintetizarse en un claro binomio: ser Humano e Historia.



Tekab tuvo más oportunidades en mi camino que Tabriz, a pesar de ser un pequeño pueblo con casas feas, fabricadas con el habitual ladrillo de barro iraní. De allí me desplacé en taxi a Zanjan y, tras rechazar amablemente la invitación a cenar de uno de mis compañeros de taxi, monté en un autobús con destino a Qazvin, otra histórica ciudad persa, en esta ocasión punto de mi partida hacia las montañas de la región de Alamut. Esta zona da cobijo, en sus altas cumbres, a una serie de castillos medievales construidos en el siglo XI por el líder de una emergente orden religiosa, Hasan-e Sabbah, el cual consiguió formar un pequeño pero fanático ejército de seguidores entregados a sus intereses políticos y religiosos. Estos seguidores se caracterizaban por perpetrar estudiados crimenes contra personages religiosos y políticos persas de la época. Con el tiempo, estos activistas fueron bautizados popularmente como los Hashissiyun, palabra que derivó, gracias a la pluma del genial Shakespeare, en el término inglés assassin, que traducido al español quiere decir asesino.

En Alamut me abstraje de la realidad durante dos días en una pequeñísima aldea llamada Ghazor Khan, que se expande tímidamente a lo largo de un arroyo a los pies de los restos del principal castillo ocupado por la secta de Hasan-e Sabbah. Hoy en día poco queda del edificio, pero su localización es lo más destacable, pues se asienta sobre una columna rocosa que asciende desde lo alto de una de las montañas en el centro de la región. Sin duda, el lugar fue elegido, más que por su idoneidad orográfica, por su intimidatoria presencia, la cual debió imponer un enorme respeto a todos los que lo observaran, incluso a varios kilómetros de distancia.

En Gazor Khan me explayé todo lo que pude, haciendo los primeros ensayos de trekking en mi viaje mientras era acogido en un "hotel" familiar, consistente en un habitáculo sobre un corral custodiado por una graciosa y atenta familia local. Mi oxigenación en Alamut fue una decisión acertada teniendo en cuenta lo que me esperaba en los días venideros, nada menos que mi llegada a la caótica y enorme capital iraní: Teherán.

Esta capital está reconocida como una de las poblaciones con mayores índices de polución del mundo, producida principalmente por el CO2 de los millones de coches y motos que recorren cada palmo de asfalto que hay en la ciudad. Y por desgracia, en Teherán, hasta las aceras para caminantes están asfaltadas, lo que quiere decir que cuando uno cree estar a salvo tras haber cruzado valientemente cualquiera de sus calles, nada te puede librar del riesgo de ser atropellado por una moto o coche que pretende ahorrarse espacio mediante una rápida y temeraria incursión en la zona de peatones.

Es difícil tomarle el pulso a esta enorme urbe de aproximadamente 15 millones de habitantes. El estress que se acumula poco a poco desde la mañana alcanza cotas que no había conocido en ninguna otra de las ciudades en las que he estado con anterioridad, con el agravante de que en Teherán, al llegar la noche, uno no tiene muchas oportunidades de reconciliación con las calles tranquilas, ya que no hay locales abiertos más allá de las diez de la noche, y los que hay son puestos de comida rápida, en los cuales la relajación no es el principal aliciente. Al llegar la noche, sencillamente, el mejor lugar en el que estar es el hotel en el que uno se hospeda.

No voy a negar que se apoderó de mí una sensación de rechazo hacia esta ciudad, de la cual no me pude librar durante los varios días que pasé allí. Pero por desgracia, la necesidad me hizo permanecer en ella más de lo que hubiera deseado. Efectivamente, como habrá podido imaginarse el que haya seguido este diario, Teherán es un punto estrátegico irrenunciable desde el que seguir desarrollando la tarea que más molesta al viajero: la obtencion de visados para países que se visitarán más adelante. Creo que en algún momento debería publicar un artículo en este blog que tratase únicamente sobre el tema de los visados y las innumerables situaciones adversas o curiosas que se le pueden plantear a uno cuando se dispone a obtener este irritante tipo de documentos. Prometo hacerlo pronto.

Mi intención en Teherán respecto a los visados era conseguir únicamente el de Turkmenistán, esa misteriosa ex-república socialista en la que entraría cuando dejase atrás Irán. Encontrar la embajada de este país fue arduo trabajo, una auténtica acción coordinada en equipo, formado por mí mismo y por el entusiasta taxista al que endosé semejante misión. Al pobre hombre de poco le sirvieron mis consignas, pues estas consistieron vagamente en darle el nombre de una pequeña calle en medio de un extenso barrio del norte de Teherán. Bastante tuve yo con hacerle entender el nombre de la calle, ya que el término Embajada de Turkmenistán me fue imposible de transmitir en farsi (persa), el idioma oficial del país. Al final la misión se cumplió, no a un bajo precio precisamente, pero en estos casos uno tiene que ser práctico y poner a un lado la preocupación económica. De hecho, las embajadas suelen tener horarios de atención al público extremadamente reducidos (en ocasiones una hora y media por la mañana), por lo que llegar tarde supone un nuevo día de espera. En la embajada de Turkmenistán, una graciosa mansión con jardín y con una enorme foto de su presidente junto a la puerta principal, tuve que hacer cola en uno de los muros laterales del edificio, tras una poco inteligente ventanilla demasiado elevada sobre el suelo, lo que había obligado a colocar unos antiestéticos escalones para llegar a ella. Una vez abierta la ventanilla, la absurda posición suplicante que uno tiene que adquirir para hacer la solicitud no es más que una pequeña muestra de lo que te espera en ese país.

La mayoría de los que esperaban en la cola trabajaban para agencias de transporte por carretera, las cuales necesitan conseguir los visados para los camioneros que viajan desde Irán hasta Turkmenistán. Pero finalmente pude solicitar el visado, en este caso de tránsito -solo válido para cinco días- ya que un visado turístico para Turkmenistán viene a suponer casi lo mismo que si lo pidiera para Korea del Norte, es decir, excursión totalmente planeada, guiada y vigilada por algún representante del gobierno, algo que se traduce en frustración para el visitante y una gran cantidad de dinero. Y por fin pude planear mi salida -acaso escapada- de Teherán. Decidí que viajaría durante unas dos semanas por el centro del país, donde se encuentran algunas de las ciudades con mayor valor histórico de Irán.

Mi primer destino fue Isfahán, a donde me desplacé en un tren nocturno que partía desde la estación de largas distancias de Teherán. Una de las cosas que llamó mi atención al subir al convoy fue el hecho de que se trataba de un viejo tren español que debería tener más de treinta años y que, según me explicó Sahib, un aspirante a cantante con el que compartí el camarote, se trataba de una de las muchas "gangas" que el gobierno iraní se ve obligado a buscar en el mercado internacional de segunda mano para poder mantener en funcionamiento su infraestructura civil. Y es que Irán viene a ser algo así como la Cuba de Oriente Medio, un país de grandes recursos, con gente muy cualificada, pero con grandes carencias y, además, con un embargo impuesto por Estados Unidos que explica por qué en el país apenas se encuentran productos occidentales.

Isfahán era para mí una de esas ciudades que, cuando uno se las imagina mucho antes de haberlas visitado, se pegan con fuerza a las paredes de la memoria, con tanta fuerza, que nunca llegan a caerse en el pozo del olvido que se haya justo en medio de éstas. Es por ello que al pasear por sus calles, al cruzar sus puentes o al entrar en sus mezquitas, sentí un gran éxtasis de realización como viajero; como viajero responsable y entregado a los sueños de la infancia.

Cuatro días pasé en esta relajada ciudad, visitando su formidable Plaza del Imam, construida para deleite del Sha Abbas El Grande, caudillo de la dinastía Safavida, el cual patrocinó la construcción de sus edificios más notables. Visité el enredado y caótico bazar; los refrescantes y verdes parques que se imponen con orgullo al cemento y al ladrillo en el mismo centro de la ciudad. Además, me perdí en las calles del pequeño barrio armenio situado en el sur de esta antigua capital persa, salpicado de un gran numero de iglesias cristianas, rodeadas todas ellas de numerosos cafés en los que la juventud armenia desafía, con su estilo liberal, al régimen autoritario islámico que impera en todo el país. Por las noches el lugar más agradable eran las orillas del rio Zayandeh, cosido sublimemente por un exquisito entramado de puentes de piedra, sutilmente iluminados y dotados de un precioso color de miel que explica por qué los esfahanos merodeaban aturdidos y complacidos en torno a ellos, como moscas juguetonas, simplemente paseando tranquilamente en familia o en parejas. También personajes solitarios, con ojos llenos de poesía, el arte al que se rinden los persas, como si su manera de hilar las palabras solo tuviera sentido expresada en verso. Esto empecé a comprender en Isfahán, sobre todo cuando el día de mi marcha, en la estación de autobuses, mientras esperaba uno con destino a Shiraz, una joven llamada Samira me obsequió con un libro propio de poemas escritos en farsi. "Son poemas, pero es como mi diario. Tengo más, mucha gente aquí tiene los suyos propios" me decía tan solo cinco minutos después de haberla conocido.

Mi siguiente destino no fue un sitio al que puedan hacer sombra muchas creaciones de la historia de la humanidad. La ciudad de Shiraz, además de ser una joya en sí misma por su valor cultural y arquitectónico, es la base para visitar la ciudad ancestral de Persépolis, la marca arqueológica por excelencia de Irán, de Persia, de toda una civilización que ha perdurado a lo largo de los siglos.

Persépolis se haya a unos cuarenta kilómetros de Shiraz, en la que pasé dos noches. Fue fácil aprovechar el reducido tiempo que dediqué a esta parte del país. Afi, un joven estudiante de inglés con quien compartí asiento en el autobús hasta allí, se ofreció a acompañarme y me invitó a su casa. El día que visité Persépolis amenazaba con llover intensamente, así que mis temores sobre un sabotage climatológico a uno de mis días más importantes en Irán se acrecentaron hasta el mismo momento en que entré en la vieja ciudad, junto a Afi y su hermano Ami. Sin embargo, a medida que mi rostro comenzaba a desdibujarse con una incuestionable mueca de asombro, las nubes decidieron concederme una tregua. Aunque en ese momento ya no me importaba.



La lluvia no habría hecho que apartase mi mirada de la imponente Puerta de Jerjes, a través de la cual accedían antiguamente al recinto los dignatarios de otras naciones que llegaban hasta allí para rendir pleitesía a Jerjes I, hijo de Darío el Grande, que fue quien mandó construir la ciudad en calidad de emperador de toda Persia. Hoy de esta solo queda en pié el pórtico, mientras que los muros han desaparecido por completo. Pero las impresionantes figuras con rostro humano y cuerpo de toro que dan forma a éste, son uno de los iconos arqueológicos más destacables del mundo antiguo. De hecho, no queda mucho de la ciudad original, que más que una ciudad era una enorme fortaleza donde los caudillos persas disfrutaban de la primavera en compañía de sus familias, harenes, ministros y funcionarios. Pero quedan las huellas, los detalles, las proporciones. Los espacios marcados por derruidas columnas en el palacio de Apadana, por los estoicos ventanales del palacio de Darío el Grande, por las vacías tumbas de Artajerjes II y III. Son muestras sublimes de una grandeza atemporal, que puede ser revivida gracias a una imaginación alimentada de héroes y villanos de la Historia.

Tras la visita al corazón de Persia fui invitado a cenar en casa de Afi, junto a su hermano y a su madre. Su casa está a solo unos cinco kilómetros de Persépolis, en una localidad llamada Marvdasht, un afeado pueblo plano y polvoriento que, al igual que cada una de las poblaciones de Irán, saludan al visitante con un enorme cartel en el que se dibujan los rostros de los combatientes nacidos en ellas y fallecidos durante la triste guerra entre Irán e Irak, hace más de veinte anos. Los mártires son así recordados para siempre, y consiguientemente, también es recordado el horror de la guerra. Ambas cosas deben perdurar en la memoria del pueblo iraní, como si de otra condena vitalicia se tratase.

Tras cenar con la familia de Afi, en una elegante casa con un espacioso salón forrado de alfombras de vivos colores, decidí dirigirme de nuevo a Shiraz, donde necesitaba dormir unas horas antes de poner rumbo de nuevo al norte. La familia insistió en que pernoctara allí, sin embargo, preferí no hacerlo ya que necesitaba algo de tiempo para mí mismo, para escribir, para relajar la mente, algo que es difícil cuando uno es objeto de una amabilidad y hospitalidad tan intensa como la que ofrecen los persas. Al abandonar el hogar se dio una situación que aún recuerdo con humor. En el umbral de la puerta, justo después de habernos despedido calurosamente, tanto Afi como su hermano Ami y su madre parecieron compartir repentinamente un semblante de gran trascendencia, remarcado por una serie de rápidas miradas asustadizas entre ellos. Como si quisieran decirme algo, o hacerme algo, pero no se atreviesen. Finalmente, Afi, la única persona con la que podía comunicarme con palabras, se decidió a hablarme. "Tu sabes cuanto cuesta una máquina de hacer tatuajes en Europa?"

Aún debo una contestación al joven Afi, pero algún día se la haré llegar. Pensándolo bien, una sociedad tan puritana como la iraní, en la que mostrar grandes partes del cuerpo es de hecho ilegal, puede ser un terreno bien abonado para la práctica del arte del tatuaje, tan ligada al exhibicionismo en la sociedad occidental, pero tal vez concebida más como una forma de arte de la insinuación, tan practicado por los persas, en especial las mujeres, las cuales solo pueden mostrar en público las manos, casi todo el rostro, algo del cuello, un pequeño porcentaje de los pies y una pizca de tobillos; como si todas estas proporciones formaran parte de una formulación divina que salvaguarda los preceptos coránicos del Islam. En este arte de la insinuación, los pequeños detalles son los que ofrecen todo el significado de la expresión humana. En esto, las mujeres persas han desarrollado un elegante estilo que, a pesar de caracterizarse por una ocultación de sus encantos, invade las calles de las grandes ciudades y les da un protagonismo contra el que jamás podrá luchar ninguna doctrina religiosa.

Continua...

6. Welcome to Irak (III)

9 de junio, Duhok, Irak



En Duhok se encuentra el Centro Lalish, una institución que sirve de encuentro para los yezidis del Kurdistán. Y a poca distancia de la ciudad se haya el Templo de Lalish, el lugar sagrado de los yezidis. Los yezidis son seguidores de un culto ancestral que probablemente, en su forma primigenia, es anterior al Islam. Sin embargo, hoy en día está influido por la religión de Mahoma, e incluso por la de Cristo, en cuanto a ritos y costumbres. Es una religión minoritaria y el Kurdistán irakí es la zona donde más extendida está. En la antigüedad, los yezidis eran considerados por cristianos y musulmanes como "adoradores del diablo", una reputación que les viene por su adoración a los ángeles, en particular a Malek Taus, también llamado Saytan, a quien se relaciona incorrectamente con el ángel caído; con Satán.

Pero lo que más llama mi atención de los yezidis es el hecho de que su religión es endémica de la etnia kurda. Ellos promulgan que no se puede salir ni entrar de la comunidad Yezidi. Son endógamos en grado sumo, y esto explica la rabia con la que unos fanáticos actuaron hace poco más de un mes y medio en la población de Bashika, muy cerca de Duhok. Se vio en todas las televisiones del mundo. Una joven muchacha de 17 años fue salvajemente asesinada mediante lapidación popular, perpetrada en última instancia por miembros de su propia familia. Estos, hinchados de ira ante la decisión de la chica de casarse con un musulmán sunita de Mosul, la llevaron por la fuerza a una plaza pública en la que una multitud asalvajada y enloquecida acabó con su vida. Es difícil encontrar en la actualidad actos populares en los que la gente se abstraiga de su humanidad de semejante manera y dé rienda suelta a sus mas bajos instintos, tintados de alevosía extrema hasta el punto de que los que no usaron la absurda violencia de las piedras, disfrutaron grabando -y difundiendo- el crimen con sus teléfonos móviles.

Al llegar al Centro Lalish soy atendido por Fadhil, un hombre de apariencia culta y, según me dice, educado en Estados Unidos. Tiene un semblante serio, lacónico y deprimido, pero curiosamente irradia una energía acogedora y en verdad se alegra de poder hablar con un extranjero, aunque no lo demuestre a primera vista. Es como si tuviera temor a hablar, sabiendo que tiene que hacerlo para no ser descortés. De hecho, cuando estamos sentados en la sala de reuniones del Centro, él mismo, ligeramente excitado, comienza a repasar los temas de actualidad que tan mala imagen están dando de los Yezidis. Empieza, cómo no, con la lapidación de la niña Dua, que así es como se llamaba, y lamenta lo ocurrido. Pero lo último que me dice en relación con este hecho es que "para nosotros está prohibido abandonar nuestra religión", lo cual no me ayuda a comprender si él piensa que esta muerte se podría haber evitado. Dedica muy poco tiempo a este caso tan grave y enseguida menciona otro hecho de violencia, del cual yo no tenía constancia. Al parecer dos policías yezidis contrataron los servicios de una prostituta musulmana a la que acabaron asesinando, y no solo eso, sino que además, estos policías fueron liberados del calabozo por el alcalde del pueblo, también yezidi, y por lo visto, hermano de uno de los policías. Por otro lado, siguiendo a estos acontecimientos, más de veinte yezidis que viajaban en autobús en Mosul fueron asesinados por musulmanes de esa ciudad en otro episodio de odio encarnizado entre ambas etnias.

Por un momento me encuentro en medio de una situación curiosa e inédita, con un hombre apesadumbrado por sus creencias y perteneciente a una comunidad enteramente aliena a mí, sobre la que estoy siendo bombardeado con información. Sin embargo, no puedo negar que este viaje ha sido ideado con el fin de mezclarme con todo tipo de gentes y lugares. Noto que empiezo a saber lo que eso significa.

El propio Fadhil, al conocer mi deseo de visitar el Templo de Lalish, se empeña en conseguirme un taxista de su confianza, alguien que me ofrezca seguridad, un yezidi. Con este, de nombre Hussein, me desplazo unos 30 kilómetros hasta llegar al Templo, que según la creencia yezidi, es el primer lugar que existió en la tierra, y por supuesto, el principal centro de peregrinación de esta étnia.




Nada más llegar allí soy observado con curiosidad por todos los presentes. El templo no es sino un conjunto de pequeñas casitas en torno a un edificio más notable, con dos cúpulas de forma perfectamente cónica. Las casitas son habitadas durante el día por los visitantes, que se acercan aquí en familia para confraternizar y para realizar los diferentes ritos que se atribuyen a este complejo culto. El enclave es lo más atractivo, pues todo el complejo está distribuido sobre un cerrado valle entre empinadas y arboladas montañas. Es un lugar ideal para pasar el día, justo lo que hacen los yezidis que vienen hasta aquí.

Como si estuviera esperando mi visita, viene hasta mí Hazim, un hombre respetado en la comunidad y con quien puedo hablar medianamente en inglés. Lo primero que me enseña es la sala de bautizos, donde precisamente se acaba de bautizar a su hija, una niña tetrapléjica sobre quien soy invitado a verter agua, como si se tratara de regar una planta, pero rehúso el ofrecimiento cambiando de tema. Le pido a Hazim que me muestre el templo por dentro. Se trata de un edificio antiguo, pero en ninguna medida me parece tan viejo como para ser considerado el primer lugar sobre la tierra. Sin embargo, al entrar, con sus paredes y suelos impregnados de una capa aceitosa y ennegrecida, la sensación es la de descender a la cocina del Hades, a un submundo de misterio eterno. El aceite, que es de oliva, lo utilizan para fabricar unas velas que iluminan el templo y que, al igual que es costumbre entre los cristianos, son encendidas para hacer plegarias. En el centro del templo está su objeto más adorado, la tumba de Sheihk Adi, el que viene a ser el profeta de los yezidis. Sobre ella, los fieles tienen la costumbre de arrojar paños de seda de múltiples colores (excepto el azul, que es un color prohibido), también para hacer plegarias, y además deben de dar tres vueltas completas al mausoleo.

Después de ver el templo, siento que salgo con algunas dudas sobre el porqué de ciertos ritos yezidis. Cómo no, soy invitado a compartir el almuerzo con los hombres de la congregación en el patio exterior de una casita del templo. Estos se afanan por ofrecerme sus mejores platos mientras las mujeres esperan, en una oscura habitación interior, a que terminemos, para poder comerse los despojos del banquete. Después, disfrutamos de té y conversamos, en este caso sobre mí y sobre el motivo de mi visita a Irak. Finalmente, me despido de ellos. Antes de abandonar el complejo soy saludado por todos los hombres con los que me voy cruzando, incluso haciéndome fotos con ellos, como si fuera una personalidad importante la que les visita.

Esa noche, en mi habitación, paso un mal rato aquejado de un incómodo dolor de estómago que asocio con la comida y el agua que he tomado en el Templo. Me cuesta deshacerme del nauseabundo sabor de la carne poco cocida de la cabeza de cordero que había en medio de una bandeja, posada sobre un manto de arroz seco que me ha obligado a beber mucha agua de dudosa procedencia. Solo quiero poder dormir tranquilo, pero muchas dudas y temores vienen a mi mente cuando pienso en mi regreso a Turquía, el próximo día.

¿Qué habrá sido de todos esos tanques que vi antes de salir de Turquía? ¿Habrán crecido en número? ¿Se podrá, de hecho, atravesar la frontera en sentido inverso? Esto último es lo que le pregunto a un taxista al que paro en una calle principal de Duhok, a la mañana siguiente. Me dice que sí, que a él no le consta que la frontera esté cerrada, así que negocio el precio para que me lleve hasta allí y me monto en el coche. Por suerte, Saalem, el taxista, habla un inglés decente y sabe cómo expresarse. Es la segunda vez que lleva a alguien a la frontera, así que me avisa de que no se acuerda muy bien del camino, pero no hay problema, preguntará a los peshmerga si es necesario. Al principio se muestra algo reticente a hablar conmigo, pero poco a poco, se va liberando de su mutismo y acaba convirtiéndose en un entrañable compañero de viaje. Confiesa que es un refugiado kurdo de Mosul, de donde ha tenido que huir ante la creciente e insoportable atmósfera de violencia que se está creando en torno a los kurdos de esa ciudad. A diferencia de Bagdad, donde la lucha parece más oficial y más centrada en guerrear contra las potencias invasoras o contra el nuevo gobierno irakí, en Mosul hay una guerra más intestina, centrada en el odio entre los árabes y los kurdos. Saalem me dice que del más de millón de kurdos que vivía en Mosul, quedan menos de la mitad. El resto ha sido asesinado u obligado a huir, como es su caso. También demuestra un buen conocimiento sobre la historia de España. Por primera vez me hace una pregunta que he de recibir en más ocasiones durante mi viaje por Oriente Medio. Me pregunta qué fue de los musulmanes que fueron obligados a convertirse al cristianismo por Isabel la Católica, como si no diera crédito a que estas personas hayan podido disolverse en la Historia de nuestro país sin haber mantenido su fe en secreto.



Al contarle a Saalem que he estado en contacto con los yezidis, su gesto se endurece. Parece casi molesto, pero enseguida se da cuenta de que no tengo nada que ver con ellos. Me dice que pare él son gente primitiva, capaz de hacer cosas antinaturales. Por supuesto se refiere a la lapidación de la niña, la cual le causó tanto espanto como a todos los que la vieron por televisión en cualquier parte del mundo. Curiosamente, su indignación le llevó a recabar cierta información sobre el suceso, la cual me transmite. Al parecer, Dua se fue de su casa, en Bashika, para vivir con un musulmán de Mosul con el que estuvo seis meses, aunque no llegaron a casarse. Sin embargo, se comunicaba ocasionalmente con su familia, los cuales, en un momento dado, le rogaron que volviera a Bashika, pues la echaban mucho de menos. Esta accedió a la petición de su sangre y esa fue su perdición. Al volver a Bashika, su tío y su primo la retuvieron y promocionaron su ejecución pública, la cual terminó en una de las situaciones televisadas más desagradables que se hayan visto nunca. No obstante, la brutal lapidación de mujeres no es algo que concierne a los yezidis únicamente, pues en otros países musulmanes, incluida la parte árabe de Irak, estas se siguen produciendo, solo que de manera más discreta. Saalem no me lo niega, pero tampoco lo acepta; para él se trata de asesinatos, no de ajusticiamientos.

A medio día llegamos a la frontera, que en su parte iraquí se llama Ibrahim Khalil, y me despido calurosamente de Saalem. Tardo más tiempo en salir de Irak para entrar en Turquía de lo que tardé en el sentido opuesto, debido a que hay mucha más gente que desea salir de Irak de la que quiere entrar, entre ellos un joven de Bagdad que viene en mi taxi transfronterizo y que ansía por todos los medios ir a Estambul.

Irak se desangra. Es, sin duda, uno de los peores lugares de la tierra para vivir. Mesopotamia ya no es un buen lugar para el Hombre.

Continua...

5. Welcome to Irak (II)

6 de junio, Suleymaniyah, Irak


Amanece temprano en Erbil, como en todos los países de la zona. El jaleo del bazar ha hecho de despertador y, tras comprobar que de nuevo no hay luz, salgo a dar un paseo. Más tarde voy al Museo de Civilizaciones de Erbil, pero al llegar me dicen que ya está cerrado, pues el museo solo abre hasta las dos de la tarde. Es la una y media de la tarde. Uno de los cuatro conserjes que hay en una salita contigua a la entrada me dice que vuelva mañana antes de la una y media, pero de repente sale uno que ha oído la conversación y dice, dirigiéndose enfadado a su compañero, que el museo en realidad cierra a las doce (!). Les digo que mañana no estaré porque voy a Suleymaniyah, y no se les ocurre otra cosa que decir, a los mantas, que entonces vaya al Museo de Suleymaniyah, que es igual que el de Erbil. Claro, les digo, en España tenemos un Museo del Prado en cada ciudad!

Son ratas de oficina. Acomodados. Probablemente reciben fondos del extranjero para mantener decentemente el museo -además de pagar sus salarios-, por el cual no sienten ningún aprecio ni entienden que alguien quiera desplazarse hasta allí para visitarlo. Algo enfadado, decido visitar la ciudadela, pues al menos -pienso-, ésta no debe de tener horario de cierre. Pero al llegar allí, después de haber escalado la colina en la que se asienta, descubro que no solo no tiene horario de visita sino que, sencillamente, no está abierta al público. Me lo hacen saber por gestos dos guardias que vigilan su puerta principal. No obstante insisto en adentrarme para hacer unas fotos y al final les convenzo para que me dejen atravesar la ciudadela por su calle principal, que divide el complejo en dos partes iguales y une las puertas sur y norte, ambas custodiadas por peshmergas. Me dicen que no me salga de la calle y que vaya en línea recta, de manera que pueda ser controlado por los guardias de ambas puertas. Les hago caso al principio, pero conforme camino, despacio, entreteniéndome en cada muro, en cada farola, lanzo miradas de soslayo a ambas puertas y veo que la vigilancia se ha relajado, por lo que aprovecho una fracción de segundo para hacer una incursión en las calles viejas de la ciudadela, adentrándome en el abandonado y desierto laberinto que forman sus pasadizos.

Erbil es una ciudad antiquísima, cuyo enclave ha estado habitado probablemente durante más de 8.000 años, y su ciudadela es una joya antropológica que, por circunstancias de la guerra, se ha convertido en un espacio restringido. Esto no me sorprende, pues desde allí arriba se tiene una panorámica visión de toda la ciudad y constituye un lugar ideal para perpetrar cualquier acto de guerra contra edificios oficiales o públicos, los cuales, precisamente, están a tiro de piedra de la ciudadela. De igual forma, supone el bastión ideal en caso de que haya que desplegar una fuerza defensiva o de vigilancia para protegerse de un ataque por tierra. Las autoridades de la ciudad están muy sensibilizadas con el tema de la seguridad. No en vano, escasos días antes de que yo llegara, un camión conducido por un terrorista suicida, y cargado con varios kilos de pólvora, hizo explosionar el vehículo en el propio bazar a una hora punta, lo cual dejó al menos 14 víctimas mortales.

Paseando por las enredadas y polvorientas callejuelas de barro, me sumerjo en un mundo de otra época, enteramente a mi disposición y a la de algunos gatos que me observan con curiosidad. Las casas están derruidas, con los ladrillos de barro resquebrajados y esparcidos algunos por el suelo. Son casas muy bajas y llenas de habitáculos en los que la gente estuvo viviendo hasta hace solo unos años. Tomo algunas fotos y exploro el lugar a fondo, regocijándome en mi privilegiada situación ante un verdadero tesoro arqueológico. Pero de pronto, de una de las esquinas aparece un militar kurdo empuñando una metralleta y maldiciendo mi acto de rebeldía. Debe de ser uno de los que me esperaba en la puerta opuesta a la que he usado para entrar, y por sus signos de cansancio debe de llevar un buen rato buscándome. Le hago saber que no entiendo la situación y que solo estoy haciendo algunas fotos, pero me obliga a acompañarle hasta la puerta norte, donde informa a un superior de mi travesura (eso creo entender). Este se interesa por mi nacionalidad y se esfuerza por explicarme que la ciudadela está cerrada al público. Yo me hago el tonto y con un gesto amigable le doy mi cámara fotográfica y le pido que me haga una foto allí mismo. La confraternización parece hacerle olvidar mi díscola actitud y se esfuerza al máximo por sacarme una buena foto, pidiéndome incluso que cambie de posición para salir mejor retratado. Así, después de posar para el militar kurdo, con tejados plagados de parabólicas como fondo, aprovecho un momento de torpeza de los guardias al no saber muy bien qué hacer conmigo y me esfumo todo lo rápido que puedo, antes de que cambien de idea y me sometan a otro tedioso interrogatorio.

Por la noche llego al hotel cansado, pero me encuentro a Ismail, uno de los empleados, un simpático y bonachón muchacho de unos veinte anos. Por supuesto es kurdo, como el 95% de los habitantes de Erbil. Le propongo jugar al Tauli, que es como llaman por aquí al backgammon. Como ya he escrito en otros artículos, éste es el juego de mesa favorito de los kurdos. Cual es mi sorpresa al ganar la primera partida sobre Ismail. Sin embargo, él gana las dos siguientes. En un intento por recuperar mi honra, me centro en la cuarta partida y, gracias a unos dados afortunados, consigo ganarle. Me propone seguir, pero sabedor de que a la larga perdería, prefiero irme a dormir, alegando cansancio extremo, con el buen sabor de boca de la victoria y, sobre todo, con la satisfacción de haber pasado un buen rato con un amigable kurdo.

Al día siguiente de nuevo me despierto con el bullicio, pero en esta ocasión debo desperezarme cuanto antes ya que mi objetivo hoy es llegar a Suleymaniyah, unos 200 km al sureste. Para ello tendré que encontrar un taxi compartido que vaya allí. Afortunadamente, me encuentro con bastantes taxis que van a esa ciudad, por lo que a los pocos minutos estoy en camino, compartiendo vehículo con un matrimonio y su niña y con otro señor. El paisaje es dramático. Atravesamos amplios valles verdes y fértiles, flanqueados por afilados rangos montañosos de color pardo y -aunque desprovistos de árboles- sumamente bellos. Al principio, desde la distancia, estos rangos parecen infranqueables, como grandiosos muros levantados estratégicamente para que nada se escape del valle. Pero conforme nos aproximamos a ellos, las sólidas capas rocosas de sus montañas se desdoblan y nos descubren empinados pasos por los que el taxi trepa como una pulga por el costado de un gigante.

La disposición de los rangos montañosos es noroeste-sureste, lo mismo que la línea imaginaria que une Erbil y Suleymaniyah, por lo que no nos lleva mucho tiempo arribar a nuestro destino. A medio día ya estoy en la ciudad, alojado en el hotel Hiwa, donde las condiciones son bastante peores que en Erbil. Pero no me quejo, pues estimo que pasaré allí dos noches y el precio no es caro, 15.000 dinares iraquíes (unos 9 euros). Mi primer día en Suleymaniyah lo empleo en pasear por sus animadas calles y en descansar en un pequeño y sombreado parque. La gente me mira extrañada y algunos, guiados por su curiosidad ante un extranjero solitario, preguntan por mi nacionalidad y por la cadena de televisión para la que trabajo. Percibo cierto brillo de aprecio en sus rostros al confesarle que soy español, como si mi nacionalidad fuera un atributo que me aportase valor como visitante, pero al decirles que no soy periodista sino turista, fruncen el ceño y sonríen. Acabo por hablar con algunos hombres, pues las mujeres no se dirigirían a mí. Además, es muy difícil encontrar una tienda o local en el que trabajen mujeres, las cuales están confinadas en sus casas o, en algunos casos, desempeñan trabajos en bancos o grandes hoteles. Es sin duda una sociedad machista y conservadora, pero enormemente respetuosa y hospitalaria con el extranjero.



A última hora de la tarde paseo por el bazar y, en uno de los muchos puestos, disfruto de los típicos dulces de pistacho llamados baclava, siendo la especialidad en Suleymaniyah mezclarlos con una especie de crema o natillas cuyo origen debe de ser leche y huevo, o al menos eso quiero pensar. En cualquier caso está delicioso. Las condiciones de higiene es mejor obviarlas para poder disfrutar del capricho. En un momento dado, se escuchan unos disparos en la lejanía. Al principio la gente se sobresalta y el barullo se relaja, pero en cuestión de segundos todo vuelve a ser igual. Conforme el reloj se acerca a las ocho de la tarde, la actividad comercial parece acelerarse, con los comercios repletos de gente y los mercaderes trabajando a destajo. Pero en cuanto el reloj marca las ocho, las aceras se vacían con rapidez y los tenderos se afanan por dejar el puesto limpio y preparado para la mañana siguiente. En pocos minutos, me hayo caminando por calles semidesérticas. Encontrar un puesto en el que comerme un kebab se hace casi imposible, así que me encamino al hotel hambriento y sabedor de que tendré que esperar al día siguiente para llenar el buche, pues en el hotel no venden alimento. Afortunadamente, una luz humeante destaca en la toda la oscuridad de las calles, relativamente cerca de mi hotel. Se trata de un espabilado que vende comida rápida aprovechando la escasez de lugares donde comer. A pesar de que es de noche y no debería estar fuera de mi hotel, me dirijo al garito, guiado por mi estómago. El dueño, un hombre joven y pequeño cuya graciosa voz se asemeja a la bocina de una bicicleta, se sorprende al verme, pero se esfuerza por atenderme lo mejor posible. Pone música kurda en el radiocasete, reconocible por el bello sonido del saz, una especie de guitarra de tres cuerdas. Finalmente, con el gesto de ponerse la mano en el pecho, se empeña en invitarme, algo que me ha de suceder en más ocasiones en mi periplo por el Kurdistán iraquí.

De vuelta al hotel prefiero quedarme un rato a leer en la acogedora recepción pero, de igual forma a como un potente imán atrae a todos los objetos metálicos del área en el que es depositado, empiezan a aparecer personas de las habitaciones contiguas a la recepción que quieren saber cosas sobre mí. Están sorprendidos de tener a un occidental entre ellos y tienen curiosidad, tanta como amabilidad a la hora de dirigirse a mí. Algunos hablan un inglés pasable. Me hablan de su país, de sus ciudades y sus trabajos. Me indican que si quiero puedo visitar Halabja, la ciudad -ahora aldea- que sufrió uno de los ataques más nauseabundos que un ejército haya lanzado nunca contra población civil. Se trata de la famosa operación de limpieza étnica que puso en marcha Sadam Hussein a finales de los 80 y en la que utilizó gas mostaza para liquidar súbitamente la vida de miles de pacíficos civiles. Entre los presentes en la recepción del hotel hay un árabe irakí, Mohamed, que se presenta como ingeniero. Es de Bagdad y dice que en el Kurdistán se necesitan todo tipo de personas cualificadas, así que ha decidido trasladarse aquí. Aprovecho para preguntarle sobre la situación en Bagdad. ¿Es tan mala como parece?, ¿Qué pasaría si decidiera ir como viajero independiente? Me responde que la situación es tan mala como uno pueda llegar a imaginarse. Y añade que, si yo decidiera ir, seguramente no llegaría nunca. Algo me pasaría en el camino. Algo que me haría famoso. Tristemente famoso.

Al día siguiente decido visitar Halabja, a unos 60 kilómetros de Suleymaniyah, muy cerca de la frontera con Irán. El pensar lo ocurrido aquí hace casi dos décadas me ha llenado de tristes pensamientos. De lo cruel que es el mundo y de lo que tienen que sufrir los inocentes y pacíficos para que los poderosos y ambiciosos puedan conseguir sus objetivos. Paradójicamente, lo ocurrido en esta ciudad, el famoso acto de "gasear a los kurdos", como la prensa internacional lo llama, ha sido el único reducto de argumento que las actuales potencias invasoras de Irak, principalmente los EEUU y Gran Bretaña, han acabado por esgrimir para justificar su intervención en Irak y la posterior ejecución de Sadam Hussein en la horca, una vez demostrado que no existían armas de destrucción masiva y de que el régimen de Sadam no tenía lazos con Al-Qaeda. Sin embargo, muy poco se dice sobre el hecho de que este acto vil tuvo lugar en el contexto de la guerra entre Irak e Irán, que fue comenzada por Irak, y en la cual este país contó con el suministro armamentístico de países occidentales, sobre todo EEUU. Me pregunto qué origen tenía el avión desde el que se lanzó el gas. O incluso el propio gas. Cuál era su procedencia. Como yo no me dedico a esto, solo soy un viajero, termino por lamentar la enorme injusticia de la guerra.

Me han dicho en Suleymaniyah que en algún lugar de Halabja hay una exposición con fotos del genocidio, pero no la he podido encontrar. No es necesario. He visto esas fotografías en muchas ocasiones. Gente tirada en el suelo, tendida en las escaleras, apoyados contra vehículos. La muerte les llegó tan súbitamente que sus cuerpos se entregaron a la ley de la gravedad en décimas de segundo. Algunas madres están sentadas con sus bebés en brazos. A primera vista parece que pudieran estar durmiendo, pero una mirada más detenida deja ver sus rostros, completamente desfigurados con la horrible mueca de la muerte caracterizada por la inútil búsqueda de oxígeno.

Lo que queda de Halabja no es un lugar precisamente agradable. Hay tanto polvo como en la creación del cosmos; como si sus habitantes quisieran acostumbrar sus pulmones a aires nocivos en preparación para un posible ataque como el que sufrieron. Finalmente decido volver a Suleymaniyah, donde pasaré mi última noche antes de poner rumbo de nuevo al norte.

Al día siguiente debo encontrar un taxi para ir a Duhok, pero la cosa se complica. Si quiero un taxi que no vaya por Kirkuk debo costeármelo yo solo (me piden 100 dólares). Los esbirros del puesto de taxis solo parecen interesados en que ocupe yo todo el taxi, y nadie más. No me gusta la situación y opongo resistencia. Prefiero quedarme en tierra, esperando a que algún cabo se afloje. Después de unos diez minutos, un taxista que ha estado allí todo el tiempo me ofrece llevarme de nuevo al centro de la ciudad, donde puedo reservar espacio en uno de los coches privados que van hacia el norte. El conoce una agencia que presta este servicio. Efectivamente, existe tal agencia, invisible para alguien como yo, que no conoce ni el idioma ni el lugar. Me dicen que no pueden asegurarme que salga un coche para Duhok ese día. En todo caso, puede que a las cinco de la tarde. Si no es así, tendré que pernoctar de nuevo en Suleymaniyah y esperar a la mañana siguiente. Decido aceptar la propuesta, así que aprovecho el día -hasta las cinco de la tarde- para visitar un poco más la ciudad.

Pregunto por el museo de Suleymaniyah, que según lo que me dijeron los ocupados celadores del museo de Erbil, es idéntico al de aquella ciudad, con lo que podría matar dos pájaros de un tiro. Al llegar allí, me topo con otro manta que me dice que hoy no pueden mostrar el museo porque tienen una reunión y nadie puede hacerse cargo de mi visita, como si ver el museo aquí fuera como ir al médico. Entiendo que lo que es igual en ambos museos no es su contenido, sino sus administradores. Le pregunto al desaborido dónde puedo ir y me habla del Amna Suraka, el "museo" de la liberación de Suleymaniyah. Se encuentra cerca del sitio donde estoy, así que voy en su búsqueda, confiando en que mis últimas horas en Suleymaniyah serán provechosas. Al principio, siguiendo las indicaciones que me han dado, me adentro en un barrio residencial y desierto, así que empiezo a pensar que me he perdido, pero al doblar una esquina aparece ante mí una mole de color marrón, corroída a balazos en todos sus muros. Se trata de un edificio de cuatro plantas rodeado de un muro exterior con alambradas. No puede ser otro. Me dirijo a él y, efectivamente, hay una puerta de entrada. En ella hay dos jóvenes vestidos de peshmerga que se sobresaltan al verme cruzar el umbral, pero enseguida se me pegan y me inquieren, en kurdo, sobre mis intenciones, como si visitar el museo fuera algo irregular. Les enseño mi libreta en la que tengo anotado el nombre de "Amna Suraka", con caracteres latinos, los cuales no saben leer. Se lo pronuncio detenidamente: A-M-N-A S-U-R-A-K-A mientras indico con mi dedo índice apuntando a mi ojo que quiero verlo (lenguaje universal), y entonces parecen comprenderme. Además, parecen alegrarse repentinamente y me conducen a una sala interior del edificio donde se exhiben fotografías y documentos del levantamiento kurdo en Irak (1961-1991).

Por fortuna, un hombre que habla buen inglés, quien se presenta como Ako Wabi, se ofrece a hablarme del protagonista de las fotografías. Se trata de Qder Khabat, un líder guerrillero fundador de la milicia Peshmerga en el 61. Me habla de su relación con el actual presidente de Irak, Jalal Talabani (quien también es kurdo), y de su liderazgo durante la batalla que tuvo lugar el 7 de marzo de 1991, en la que los militares del ejército de Sadam que custodiaban la ciudad fueron derrotados por la milicia y el pueblo kurdo, precisamente en este edificio, el cual ha quedado levantado y convertido en museo para rememorar esa importante batalla. Este fue el primer triunfo de los kurdos tras la horrenda campaña de limpieza étnica que el ejército irakí venía llevando a cabo. Además, fue la piedra angular de la construcción de la nación kurda con estado propio, algo que podría ocurrir en un futuro próximo. Ako Wabi, empresario que colabora con la exposición, se emociona al recordar los hechos. Desde la terraza del edificio, a la que hemos ascendido para tener una mejor perspectiva de la batalla, me narra efusivamente cómo toda la gente de Suleymaniyah se unió bajo el mando de Qder Khabat para reducir a los amotinados irakíes, la mayoría de los cuales murieron defendiendo el fuerte. Sólo sobrevivieron los que se rindieron. Desde la terraza es desde donde mejor se aprecia la brutalidad de semejante combate. La presión de los kurdos fue tan grande, que los comandantes irakíes decidieron replegarse al interior del cuartel por completo, incluso con los carros de combate, confiando en que recibirían ayuda del resto del ejército. Pero esta no llegó a tiempo y, con los tanques replegados, poco pudieron hacer para mantenerse en pie ante semejante adversario. Hoy los oxidados tanques siguen en el patio del edificio, inmóviles como esqueletos de elefantes, y exponentes, como ningún otro objeto, de la impotencia de Sadam Hussein para someter al pueblo kurdo.

Antes de irme, Ako me invita a que firme el libro de visitas. Allí deposito unos sinceros comentarios hacia el carácter del pueblo kurdo y su derecho a vivir en paz, después de tanto sufrimiento. Ako traduce estas palabras a los dos peshmergas que no se han separado de mí durante toda la visita. Se miran y le dicen algo a Ako. Entonces éste me dice que los dos jóvenes son Seamand y Dara, el hijo y el sobrino de Qder Khabat. Quieren invitarme a comer en su casa.

A pesar de que mi tiempo es limitado, no puedo rechazar un ofrecimiento tan emotivo y anecdótico, así que acepto encantado. A los dos minutos nos montamos en un pick-up en el que suben otros dos hombres, también familiares de Qder Khabat y armados hasta los dientes. Ninguno habla inglés, pero nos comunicamos por señas fácilmente. Son encantadores, a pesar de todo su armamento. La casa se encuentra bastante a las afueras, y sin duda es la casa de alguien importante, pues es grande, con balcones, un pequeño jardín y en su interior está bien amueblada, algo raro en el resto de hogares. Soy conducido al salón, una apacible y amplia estancia forrada con delicadas alfombras kurdas. Apenas hay muebles, pero los que hay parecen de gran calidad y buen estilo, mas bien clásicos. Casi todo el perímetro de la sala está provisto de sillones a juego con los muebles, y en uno de ellos se sienta, solitario y meditabundo, un anciano elegantemente vestido de gris con el traje tradicional kurdo, caracterizado por pantalones bombachos y chaqueta con el pecho descubierto.

El anciano es el mismo hombre que minutos antes he conocido a través de las fotografías del Amna Suraka, el héroe de Suleymaniyah: Qder Khabat. Su pelo y sus bigote se han teñido de blanco y sus ojos muestran cansancio y paz. Se levanta para saludarme, estrechando mi mano firmemente y después, con un gesto que empieza a ser familiar para mí, se lleva la mano al pecho en señal de hospitalidad. Le devuelvo el gesto torpemente y hago caso a su invitación de sentarme en el sillón, frente a él. Nuestra comunicación está muy limitada, pues no habla nada de inglés, sin embargo, gracias a un sobrino que está en la casa y que chapurrea el idioma de Shakespeare, podemos hacer un ensayo de conversación. Yo le transmito mi agradecimiento por la invitación y destaco su labor como defensor del pueblo kurdo, lo cual me agradece con los ojos. Habla mucho, y al parecer me dice muchas cosas, pero el interlocutor sólo me puede transmitir escuetos mensajes. Aprecia mucho a España, país que de hecho visitó hace pocos años. Me pregunto si con motivo de encuentros diplomáticos o de vacaciones, pero el traductor no me sabe precisar. Entiendo que lo que más destaca de España es su democracia, algo históricamente anhelado por las gentes pacíficas de Oriente Medio. Finalmente, me indica que la comida está lista. En el suelo de una sencilla sala contigua se ha dispuesto un apetitoso manjar al más puro estilo kurdo. Mi día ha sido pleno.


La propia familia de Qder Khabat se ha ocupado de que esa tarde haya un coche que vaya a Duhok, y ellos mismos me llevan a la oficina de coche privados, desde donde a las cinco de la tarde parto hacia esa ciudad. Es un viaje largo, por estrechas carreteras del interior del Kurdistán, considerablemente más seguro. Eso es lo que me explica Haller, un simpático mercader que viaja en el mismo coche y con quien hago buenas tablas durante el sinuoso y espectacular recorrido. Llegamos a Duhok bien entrada la noche, y el propio Haller se encarga de que el coche me deje en la puerta del hotel Perleman, un buen sitio por solo 10 dólares al día.

Continua...