44. Isla de Flores... dragones y ballenas



Ha llegado el momento, cuando se cumple casi un año desde mi regreso de las antípodas, de hablar de uno de los idilios geográficos en los que caí durante mi largo viaje: la isla indonesia de Flores. El nombre se lo dieron los exploradores portugueses que, más que viajar por ella, la divisaron principalmente desde sus bajeles... Es curioso que estos europeos tan solo se interesaron por la parte más oriental de la isla. Tal vez ello se debió a que en la parte occidental moraba una de las criaturas más intrigantes del planeta: el dragón de komodo.




Se trata de una de las criaturas que más atención suscitan en el mundo animal. Está emparentada con los temibles e idealizados dinosaurios de eras pretéritas. Es por esto, y también por su reducidísimo hábitat y la rareza de su naturaleza, que la especie se ha ganado la el "favor" de los humanos y su territorio se encuentra ahora protegido en grado sumo



Verse las caras con esta famosa bestia fue otro de los puntos álgidos al que me llevó azarosamente este Viaje a las Antípodas




En el anterior artículo mostraba los peligros de las carreteras indonesias en forma de accidentes de tráfico, ... Otro peligro, sorprendentemente común, son los incendios












 
La pintoresca villa ballenera de Lewoleba se encuentra en la isla de Lembata, la cual forma parte del pequeño archipiélago de Alor, al este de la isla de Flores. Llegar allí fue una de las experiencias más emocionantes de mi vida. A lomos de mi bicicleta, casi sin frenos, tuve que atravesar un terreno impracticable que conducía a este idílico lugar en el que me refugié durante una semana. En el camino a Lewoleba, de una dureza extrema, derramé por vez primera "las lágrimas del ciclista". Había oído hablar de ellas, a través de ciclistas irreductos, en un par de ocasiones. Son fruto de una mezcla de desesperación, miedo, agotamiento absoluto y mucha tozudez. Por algún motivo, uno se empeña en seguir pedaleando aunque las fuerzas se acaben, el día se agote y el camino se haga indistinguible en la oscuridad. La impotencia se refleja claramente en las lágrimas derramadas. A la mañana siguiente, ya están olvidadas...




Lewoleba es un de los pocos sitios donde aún se caza a las ballenas del modo más tradicional que existe. Durante mi estancia en este remoto lugar tuve el privilegio de salir a faenar un día con los amigables balleneros locales.



La pesca -creo que sería más apropiado hablar de "caza"- en aguas de Lewoleba es espectacular. Expertos arponeros, o lamauris, se posicionan en la proa de embarcaciones hechas a mano con troncos de madera y desde allí se arrojan al agua impulsándose, como en un trampolín, cuando tienen una presa a tiro. El resto de la tripulación se dedica a escrutar el horizonte marino en busca de señales que delaten la presencia de algún ser marino ...









El día que salí a faenar con los balleneros no hubo mucha suerte. Tan solo atraparon una gran raya. De hecho, no es nada habitual que se pesquen las codiciadas ballenas. En total se pescan unas 30 al año, principalmente cachalotes.




Pero nunca se vuelve a tierra con las manos bacías. Tras doce horas de jornada, al llegar la tarde todas las embarcaciones regresan a la playa con alguna presa en sus arcas. En cuestión de una hora, todas ellas, incluidos tiburones, delfines, orcas, rayas o peces espada, son despiezadas en la misma arena y repartidas entre todas las familias de la aldea. Así se ha hecho siempre, y así se seguirá haciendo mientras Lewoleba exista. Es la forma más primitiva de comunismo que he presenciado nunca ...





Pero no hay que olvidarse de que seguimos en Indonesia, tierra de volcanes. Algunos de los más bellos del país, como este, el Kelimutu (cuyo cráter está inundado), se encuentran en medio de la apacible isla de Flores






Fue en la isla de Flores donde mi anatomía se adapto definitivamente a las exigencias de viajar en bicicleta. Hay pocos lugares tan exigentes como éste para la práctica de esta bella forma de viajar. No en vano, en todo el mes que pasé discurriendo por las cuestas florenses, nunca me encontré con otro ciclista. Lo que sí me encontré, tras cada ondoneo del horizonte, fue con los espitosos volcanes de Flores... una isla por la que mi corazón aún se siente en erupción cada vez que su nombre es susurrado por mi mente
 
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... el viaje sigue

Continua...

43. Java. Volcanes y almas

12 de julio de 2008, Probolingo, Java oriental, Indonesia



Ha llegado el momento de encarar la finalización de aquello que empecé hace dos años y medio... Cómo pasa el tiempo. El tiempo lo cambia todo y todo cambia con el tiempo. Y si hasta yo soy capaz de cambiar con él, ¿por qué no el formato de mi blog?

Escribir largos relatos de mis experiencias, como venía haciendo hasta ahora, me ha dado grandes satisfacciones y me ha hecho descubrir cosas sobre mí mismo. Cosas que me han llenado de motivaciones nuevas y que me han permitido degustar, con finura, las maravillosas experiencias que he vivido a lo largo del viaje, incluso mucho después de haber pasado por ellas. He aprendido que la Memoria tiene en la Escritura a una amiga invencible, y en mi caso, fiel. Así ha sido, y así lo he contado.

Pero también he aprendido algunas cosas que a mi mente cebollina le ha costado aceptar: las virtudes de un blog sobre viajes –o sobre cualquier otra cosa- no lucen más con la narrativa densa y minuciosa. Al contrario, la imagen, la frescura y el mensaje conciso son recursos más “naturales” de esta nueva dimensión creativa y comunicativa.

Así pues, en un empeño por seguir contando mi viaje, por difundir mi experiencia y por compartirla en internet, al final he decidido hacer uso de estos recursos. De alguna forma sigo contando mi viaje retomándolo allí donde lo dejé, camino de Indonesia, pero de otra forma, esto es un comenzar de cero.

Estas son algunas de las imágenes de mi paso por la populosa isla de Java. Como siempre, espero que os gusten...



Si uno tiene la intención seria de viajar por Indonesia, las embarcaciones de todo tipo se convertirán, tarde o temprano, en medios de transporte entre islas de este archipiélago, el más grande del mundo











De hecho, los grandes buques de la naviera pública del país son ciudades flotantes donde la gente ofrece lo mejor de sí misma. En los trayectos marítimos por el archipiélago, conocí a cientos de indonesios de toda condición y confesión. El carácter amigable y "alocado" de este pueblo me resultó irresistible y acabé por quedarme en el país durante tres fructíferos meses











La isla de Java es uno de los rincones con mayor densidad de población del mundo. Circular por sus masificadas y salvajes carreteras a lomos de una frágil bicicleta es una arriesgada apuesta de desplazamiento. Por desgracia, los accidentes de tráfico están a la orden del día, y verse involucrado en ellos es cuestión de "cara o cruz"











Java, tierra de volcanes... isla fertil gracias al mineral en forma de ceniza que sus bocas ardientes exhalan al aire. Los volcanes fertilizan sus inmediaciones y hacen rico el paisaje, pero su furia es temida por aquellos que encuentran sustento en el suelo... los javaianos le venden sus almas al volcán... y éste las reclama con penosa regularidad











En Java es difícil acampar en el bosque... si lo haces, al poco rato aparecerá algún lugareño que te disuadirá y te invitará a pernoctar en su humilde morada...











Ascender un monte en Indonesia -y de ellos hay muchos- lleva a uno a enfrentarse a la "lógica" nacional según la cual, la mejor forma de unir dos poblaciones con una carretera es utilizando la mínima cantidad de cemento y alquitrán. Así, en lugar de ascender progresivamente enlazando curvas, lo que uno se encuentra es una carretera casi en línea recta con una pendiente bestial e irremontable ... y no hay muchos bares para descansar por el camino











El Semeru es un faro humeante que cada cinco minutos llena el cielo de destellos "atómicos", visibles desde cientos de kilómetros de distancia ...











Desde lo alto de la caldera del espectacular volcán de Bromo, baja un camino polvoriento que conduce al centro del cráter. Por el otro extremo, las nubes han descubierto el suyo propio y se disponen, igual que yo, al asalto de esta joya de la Naturaleza











Pronto el camino desaparece y un mar de ceniza se convierte en la trampa perfecta para el incauto que ha osado llegar hasta aquí sin un jeep...











Dicen de los ciclistas que tienen piernas de acero. Pero..., y de las manos, ¿qué?











En jeep o en bicicleta. La recompensa espera en forma de paisaje imposible a quien ascienda a lo más alto del vocán...











... amanece en el cráter del volcán de Bromo











... amanece en las entrañas de la Tierra











Templo budista de Borobudur ... el viaje sigue


Continua...

42. Fotos de un Viaje a las Antípodas (VI)

Dejando el continente euroasiático atrás, es momento para una nueva entrega de la serie Fotos del Viaje -la sexta- de mi Viaje a las Antípodas. En esta ocasión se trata de fotos del este y del sureste de Asia, una región bastante asociada al disfrute vacacional y a sociedades relativamente desarrolladas y acogedoras para el viajero, pero que en mi caso fueron el escenario de algunas de las aventuras más trepidantes de todo mi periplo. Espero que os gusten.



La primera ciudad que visité en China cuando abandoné el Tíbet fue Xian, donde residen los guerreros más famosos del país. El enorme ejército de terracota, que fue construido para proteger a lo largo de la eternidad a Qing Shi Huang, el primer gran emperador de la China unificada, es en la actualidad expuesto al público y, a su vez, custodiado por celosos guardianes de carne y hueso











Hay pocas cosas que definan mejor la grandeza y antigüedad de una civilización que el amor de sus descendientes por sus propios símbolos. Así, la caligrafía china es a la vez herramienta y ornamento











Mi paso por Laos y el Mekong fue aventurado. De esta parte del viaje ya he aportado gran cantidad de textos y fotos. Cada vez que recuerdo aquellos días, suelo trasladarme con la mente a la que fue mi frágil morada, una cabañita de quita y pon en la que pasaba las tardes, los atardeceres, las noches y los amaneceres... recuerdo vivamente cada uno de ellos. A pesar de no ser más que plásticos y cuerdas, tuvo algo de "hogar" para mí











A Tailandia llegué tras un año de viaje por tierra interior sin contacto con mi querido mar. Una vez allí apenas me separé de éste. En la foto, niños en la isla de Koh Phayam











Bangkok, la capital de Tailandia, es una de las ciudades que más visitantes extranjeros recibe de todo el mundo. Uno puede encontrarse de todo en sus congestionadas calles. Entre los turistas extranjeros, ninguna calle es tan famosa como la Khao San Road. Mi llegada a esta ciudad, y a esta calle (que es una ciudad en sí misma) coincidió con el Año Nuevo tailandés, cuya celebración consiste en mojar con agua a todo el que pasa... tal vez fue aquí donde incubé mi dichosa laringitis...











Kuala Lumpur, la capital de Malasia, es una de esas modernas urbes asiáticas donde el cemento, el cristal y la suntuosidad devoran el urbanismo tradicional. Aquí llegué con mi bicicleta, tras mis primeros cuatro días en la carretera con ella, cuando estaba anocheciendo, y la sensación que tuve al llegar por fin al centro, tras discurrir erráticamente por miles de circunvalaciones del extrarradio, fue algo así como lo que debe sentir el espermatozoide que ha logrado fecundar un óvulo tras luchar contra miles de sus semejantes...











Volviendo a Kuala Lumpur, en Malasia, la mezcolanza de culturas e idiomas que prospera en el país da pie, en ocasiones, a coincidencias que a un visitante extranjero, en este caso español, llaman la atención. En este complejo, o "villa", como reza en el cartel de la foto, pasé cuatro noches alojado en casa de dos jóvenes francesas estudiantes de "Hospitalidad". Esto que acabo de escribir es rigurosamente cierto, pero muy probablemente, la realidad no coincida con la idea que más de uno o una se está haciendo en la cabeza











Melaka es una de las ciudades más bellas y coloridas de Malasia. En ella prosperaron, junto a los malayos autóctonos, chinos, holandeses, portugueses, ingleses, y monjes cristianos de todo tipo al asalto del continente asiático. Ningún europeo llegó muy lejos en sus pretensiones, pero la ciudad es, sin duda, una de las que más impronta europea tiene de toda Asia











En mi discurrir en bicicleta del norte al sur de Malasia, las playas del mar de Andamán me ofrecieron idílicos escenarios en los que dormir y descansar











Esta foto es del ferry que une la isla de Penang con la península malaya (al fondo la ciudad de Georgetown). Era mi primer día de pedalada con la bicicleta de segunda mano recién comprada. En ese punto, apenas después de haber recorrido 300 metros, ya estaba cansado... y eso que aún me quedaban seis meses de pedaleo











Este es el "skyline" de Singapur conforme uno se aleja en barco hacia Indonesia. Al atardecer, los ciclópeos rascacielos que el día anterior se cernían sobre mí, se van ahora perdiendo en la distancia, difuminados sobre el horizonte. Siento que pierdo de vista una ciudad, un país, y todo un continente en el que he dejado mi huella... y que ha dejado su huella en mí











La foto no es mía. Es el mundo. Sobre él se aprecia el inmenso contiente euroasiático en su totalidad, escenario de un viaje comenzado en mayo del 2007 en el que, hasta ese punto, había transitado por numerosos países (Bulgaria, Turquía, Irak, Irán, Turkmenistán, Uzbekistán, Kirguizistán, China, Pakistán, Afganistán, India, Nepal, Tíbet, Laos, Tailandia, Malasia y Singapur). He querido dibujar la ruta seguida desde Valencia, siempre por tierra, pues creo que ayuda a relacionar los textos que he ido incluyendo a lo largo de los últimos años en este blog con el camino seguido. No ha sido un camino fácil. He evitado rodeos y rutas más directas -como la transiberiana-, pues mi prioridad, irrenunciable, siempre ha sido descubrir cosas nuevas, viajar por lugares remotos y sentir los contrastes conforme el viaje avanza. ¿Lo mejor de todo llegados a este punto? ... tal vez sea que el viaje sigue

Continua...

41. Malasia, pura Asia

10 de junio de 2008, Singapur



Parece como si en todo relato de un gran viaje fuera de obligada costumbre utilizar, al menos en una ocasión, el término “caleidoscópico” para poner de relieve la variedad y diferenciación de culturas que conviven en determinado lugar. Se trata de un imaginativo vocablo, de origen griego, que se ha hecho universal como recurso narrativo y que la inmensa mayoría de la gente comprende con exactitud. Pues bien, en este punto de la narración de mi Viaje a las Antípodas, me toca por fin hacer uso de él, ya que dudo que haya otro adjetivo que sirva mejor para describir el mestizaje de gentes, tradiciones y nacionalidades que uno se encuentra cuando viaja por Malasia.

Desde Langkawi, en el norte, hasta la “porosa” frontera con su vecino rico del sur, Singapur, este país despliega una variedad de contrastes tan fabulosa y colorida, que al viajero que lo transita no le queda más remedio que aceptar como oportuno el popular slogan que las autoridades turísticas malayas eligieron, hace ya varios años, para promocionar su país al mundo entero: Malaysia, truly Asia; en español, “Malasia, verdaderamente Asia”, o como a mí me gusta traducir más libremente: “Malasia, pura Asia”. Se trata de un país que, tal vez por el corte islámico de su gobierno y de su etnia mayoritaria, la etnia malay, atrae muchos menos visitantes extranjeros que sus vecinos del norte, sobre todo Tailandia y Vietnam, pues a pesar de sus innegables encantos (entre los que destaca la que probablemente es la jungla más antigua del planeta), suele se considerado como uno de los países más aburridos del Sureste asiático... y es que la diversión es algo a lo que el visitante tipo de esta región de Asia no está normalmente dispuesto a renunciar.

Mi entrada en este país coincidía más o menos con el primer cumpleaños de mi viaje, pues llegué allí, procedente de Tailandia, el 10 de mayo de 2008, casi un año después del día en que salía por la puerta de casa de mis padres cargado con una mochila y con destino a la estación de RENFE de mi ciudad natal.



Cuando llegué a Malasia (por segunda vez en mi vida, pues ya la visité en el año 2005), la laringitis que fastidió mi paso por Tailandia estaba claramente en receso. Las bacterias que tanto habían prosperado en mi garganta eran ahora pasto fácil de mis recuperados anticuerpos defensivos, con lo que mi voz se empezaba a escuchar con aceptable claridad; siempre y cuando no abusara de ella (y nunca lo hago). Eso sí, necesitaba que mi interlocutor fuera paciente, y también en eso tuve suerte, pues ya en mi primer día en Malasia fui bendecido con la compañía de un entrañable individuo local. Se llamaba Ang y era un chino malayo con quien había estado en contacto mediante internet en los días previos. Las dos primeras noches en Penang, una isla del noroeste de Malasia, fui acogido en su casa, la cual compartía con un hombre hindú a quien mi presencia en su morada no parecía causar excesivo entusiasmo. “No te preocupes, no es algo personal. Sencillamente, solo le caen bien las mujeres”, me decía Ang cada vez que su compañero de casa pasaba por mi lado y me miraba con cara de perro.

Con este energético individuo pasé varios días descubriendo esta vibrante isla, ocupada en su mitad oriental por la ciudad de Georgetown, un antiguo enclave británico que se enriqueció gracias al comercio marítimo entre Europa y las famosas islas indonesias de las Especias. De un lado para otro, fuimos recorriendo sitios con los que sería difícil toparse si uno viajase solo o acompañado de una guía de viajes. Tal vez lo más “pintoresco” era el lugar elegido para nuestro encuentro cada una de las mañanas que pasé en la ciudad. Ang se empeñaba en que fuera a buscarlo al hotel de lujo en el que trabajaba. Se trataba de un hotel perteneciente a un mafioso chino que resultaba ser amigo personal suyo. El lujoso y relajante spa era el lugar donde esperaba a que Ang terminase su jornada laboral a medio día, y siguiendo ordenes suyas, siempre llegaba al menos una hora antes de la cita, para disfrutar así del yakuzi, de la suana, o de la piscina situada en el sexto piso del edificio. De allí partiríamos hacia sitios tan dispares como una sala clandestina de apuestas china, un centro de discapacitados mentales en el que los internos adoraban a mi nuevo amigo, o un comedor hindú en el que se podía jalar todo lo que uno quisiera (siempre comida vegetariana) y pagar solo un donativo voluntario. Mi nuevo compañero parecía tener amigos en los lugares más recónditos de Georgetown, y en todos ellos se me recibía con grandes atenciones, precisamente por ir acompañado de él.

En el curso de unos pocos días, tuve la sensación de estar tan familiarizado con esta dinámica ciudad, que era casi como si viviera en ella. Pronto me acostumbré a la variedad del paisaje humano, caracterizado por una mezcla de chinos, malayos, árabes, hindúes de todas las denominaciones y también una importante e influyente comunidad de europeos. Pero de todas las personas a quien conocí allí, la que más determinaría el resto de mi paso por Malasia sería Tim, un inglés semi-residente en Georgetown a quien nos encontramos Ang y yo mientras paseábamos por los graciosos recovecos del Jardín Botánico de la ciudad. Ellos dos ya se conocían bien. Recuerdo perfectamente cómo la mirada fría que Tim me brindó sirvió mucho mejor, como carta de presentación, que la introducción formal que de él me hizo Ang. Era un tipo de unos cincuenta años, menudo y fibroso. Hombre de pocas palabras, pero también de pocos rodeos.



Al parecer su principal interés era disfrutar en Asia de los ahorros reunidos en Europa, y su mayor entretenimiento era la bicicleta. No había carretera del sureste asiático que no hubiera recorrido con ella en los últimos quince años. Ahora, en cambio, estaba a punto de volver a la fría campiña inglesa para vestirse de nuevo el mono de trabajo y reunir unas cuantas libras más. Debido a que estaba pasando por una etapa de renovación en su vida, pretendía desembarazarse de golpe, antes de partir para su patria, de todo su material usado de ciclista, y en vista del interés que yo mostraba a sus parcas explicaciones, sus ojos del color del plomo se abrillantaron al tiempo que se clavaban en mis pupilas. Tras un breve silencio que se apoderó de los tres, el pequeño inglés se apresuró a verter el comentario que acababa de ser ideado en su mente. “Lo tengo todo en venta. Si lo quieres es tuyo”.

Pocos días después de ese encuentro, me encontraba a mí mismo viajando por las carreteras de Malasia, embutido en unas horrendas mayas deportivas que me venían muy justas, protegido con un casco lleno de raspaduras y cargando mi mochila, junto con una nueva aportación de equipaje y herramientas, a bordo de una bicicleta de montaña fabricada en los lejanos años noventa.

Una nueva revolución se había producido en los planteamientos de mi viaje. El “aquí te pillo, aquí te mato” se manifestaba de nuevo con una fuerza arrolladora hasta el punto de que un “sí” al ofrecimiento de un extraño, estaba reformulando por completo mi situación en el mundo. No más abarrotadas estaciones de autobuses, no más esperas al borde de la carretera haciendo auto-stop, no más paisajes disfrutados fugazmente a través de la ventanilla de un tren, un coche o una camioneta. Todo eso ya lo había experimentado –y disfrutado- bastantes veces, así que era el mejor momento para aventurarse al cambio. Ante mí tenía un país bien organizado, comparado con sus vecinos, y hacer más de cien kilómetros al día por carreteras aceptables, bien señalizadas y transitadas por vehículos guiados por ciudadanos prudentes no era especialmente aventurado -si exceptuamos mi temeraria irrupción, al anochecer, en el centro de la megalómana Kuala Lumpur, la capital malaya, esquivando millones de coches en los scalextrix del extrarradio.

Pero... ¿y después, qué? ¿Cómo iba a seguir mi viaje hasta las antípodas desplazándome a lomos de una bici chirriante? Agrestes archipiélagos de miles de kilómetros de extensión, mares infinitos, países primitivos, océanos y continentes enteros se oponían entre mí y mi destino.

¿Se oponían...? No, tan solo estaban esperando a recibirme.



Foto 1: ciclo-taxi en calles del centro de Melala
Foto 2: avenida bordeando parque central de la ciudad de Ipoh
Foto 3: mi primer día de pedalada, Georgetown, isla de Penang
Foto 4: frente a las torres de Petronas, centro de Kuala Lumpur (cap.)

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40. La voz ahogada de los Moken

9 de mayo de 2008, Songkhla, Tailandia



Mi viaje, esto es, mi manera de viajar, de relacionarme con el medio y de dejarme llevar por mis emociones, alcanzaron su clímax con mi experiencia remando en solitario a lo largo del curso medio del Mekong. Esta etapa de mi singladura culminó todas mis aspiraciones aventureras. Pero al virus de la aventura, que ahora campeaba por mi anatomía con la normalidad con la que lo hace cualquiera de los glóbulos rojos que circulan por mis venas, vino a unirse, en descontrolado asalto, una maligna bacteria que se instaló por la fuerza en mi garganta.

Nada más llegar a Tailandia, procedente de Laos, esa condenada bacteria decidió que mi glotis era la tierra prometida que algún Dios de las cosas pequeñas le anunciase, de modo que fundó allí una numerosa colonia que, a base de millones de microscópicos mordiscos, me dejó impedido del habla. “Tiene Ud. Una laringitis en toda regla”, me comunicó el médico del hospital público que visité en Bangkok cuando vi que el problema se alargaba más de lo esperado. Esto ya lo sospechaba, y por eso estuve varios días automedicándome antes de decidirme por la ayuda de un profesional. Craso error, por supuesto, pues para cuando acudí a las autoridades sanitarias llevaba probados ya varios tipos de antibióticos que, en lugar de neutralizar el ataque de los bacilos, lo que hicieron fue fortalecerlos y hacerlos más resistentes (el viejo dicho de que “lo que no te mata, te hace más fuerte”, lo debió acuñar por vez primera alguna bacteria sensiblona). Dado el estado avanzado de la infección, el médico de apellido innombrable que me atendió, parapetado tras unas aparatosas gafas de culo de vaso, sabía de qué hablaba al pronosticarme un mes de mutismo forzado.

Mes que transcurrió sin pena ni gloria discurriendo por una Tailandia por la que me desplacé más erráticamente que en ningún otro momento de mi viaje. Intenté que la laringitis no fuera impedimento para el disfrute de los encantos del reino Thai (al menos no tenía fiebres y me sentía con fuerzas), pero lo cierto es que fracasé en mi empeño, pues al no poder hablar, y lo que es peor, al sonar como una criatura de ultratumba cada vez que lo hacía, era imposible relacionarme con nadie. Es más, esta condición me reportó una permanente sensación de exclusión social que me llevó de un lado para otro de este estirado país con forma de embudo, dando tumbos y escurriéndome hacia el sur en busca de una voz que no dejaba de jugar al escondite y al despiste conmigo. Cada mañana, lo primero que hacía era recitar algún pensamiento en voz alta, siendo el resultado siempre el mismo. Las primeras palabras abandonaban mi boca con una sonoridad aceptable que me hacía pensar que el problema estaba resuelto, pero unos minutos después, cuando iba a pagar una noche más en el albergue de turno, o cuando salía a comprar comida para el desayuno, mi voz ya no existía. La cara de sorpresa del dependiente me confirmaba, mañana tras mañana, que la exitosa infección estaba ahí para quedarse.



Tuvo que ser Philip Moreno, un comprensivo médico filipino al que me encontré en el embarcadero de la ciudad de Ranong, quien me apuntase en la dirección correcta de la recuperación. “Olvídate de los antibióticos. Estos harán que la bacteria se haga inmune y acabará por aparecer un hongo que causará daños serios en tu garganta. Toma infusiones de jengibre con regularidad y precíntate los labios”, me dijo. Esa mañana diluviaba -como venía haciendo durante los últimos tres días- de manera cataclísmica. En el embarcadero había un cobertizo en el que me refugié con el galeno filipino y también con un ejemplar de una rara especie, nada menos que un ciudadano de Liechtenstein. Los tres fuimos los únicos pasajeros extranjeros de un ronroneante barco que surcó un espesor gris en el que se mezclaban, de forma casi homogénea, el mar, la lluvia y un cielo nebuloso.

Nuestro destino era la isla de Ko Phayam, en pleno mar de Andaman, la cual se hallaba a menos de tres horas de tierra firme. Mi visita a este lugar obedecía a un desganado dejarse llevar que venía poniendo en práctica en las últimas semanas. De hecho, esa misma mañana no tenía muy claro qué es lo que iba a hacer. Si el diluvio que me esperaba al llegar al embarcadero hubiera tenido ese mismo pico de intensidad un poco antes, es decir, cuando aún estaba en un albergue de Ranong, seguramente no habría salido a la calle y me hubiera quedado allí varios días viendo la lluvia caer a través de la ventana (no en vano, estas lluvias eran parte del mismo temporal que, bautizado con el nombre Nargis, estaba asolando Birmania solo unos pocos cientos de kilómetros más al norte).

Durante el trayecto, Philip se aprovechó de la prohibición de hablar que él mismo me impuso y se dedicó a sermonearme sobre su misión en la isla. Habiendo dejado a su familia en la populosa Bangkok, se dirigía allí con el propósito de prestar asistencia sanitaria -voluntaria y autofinanciada- a una pequeña colonia de Mokens, o lo que es lo mismo, gitanos del mar. “En mi tierra también existen gitanos del mar. Allí los llamamos Bajao. Pero estos que voy a ver se encuentran en circunstancias muy difíciles, pues se llevaron la peor parte de la tragedia provocada por el tsunami de 2004”. Esto es lo que me contaba Philip con parsimonia, sabedor de que no le interrumpiría con docenas de preguntas. No obstante, a su ofrecimiento de ir con él a visitar a los mokens al día siguiente, asentí con la cabeza al tiempo que mis planes de pasar días enteros tirado en la playa se escurrían por el desagüe de este Viaje a las Antípodas.

Acceder al territorio donde moraban los Moken no era tarea sencilla. Era necesario esperar al ciclo de marea baja para poder atravesar una zona de manglares, después de la cual se llegaba a la desembocadura de un pequeño pero profundo río. Desde allí, un sonoro silbido de reclamo hacía que uno de los mokens viniera desde la otra orilla, con una balsa, y nos llevara con ésta al poblado. En realidad, el concepto de “poblado” es algo a lo que los mokens no están acostumbrados, pues desde hace milenios ellos siempre han vivido a bordo de grandes barcazas de madera con las que se desplazan, navegando a la deriva, a lo largo de la costa oriental del mar de Andamán. Desde Birmania hasta Malasia y más allá, poblaciones de gitanos del mar, llámense Moken o Bajao, se dejan llevar por las aguas, agrupadas en clanes familiares, como si fuesen un entramado flotante de sargazos con vida propia.



Se trata de una existencia paralela a la nuestra, pero igualmente real. Y ahora, tras innumerables catástrofes naturales y cientos de años de rigidez y sometimiento por parte de los gobernantes “terrícolas”, una existencia que se ve amenazada. Los Moken de Ko Phayam no sienten especial apego por el trozo de tierra en el que viven, no al menos en el sentido en el que lo sentimos nosotros. La porción de la isla en la que están ubicados en chabolas prefabricadas es, de hecho, una donación de un religioso alemán que compró el terreno al gobierno de Tailandia para que los afectados por el tsunami pudiesen sobrevivir allí. Sus embarcaciones fueron destrozadas por la inmensa ola y la mayoría de los que se encontraban en estas aguas perecieron.

La única edificación sólida del lugar era una iglesia de interior diáfano y multiusos en el que Philip presidió ese día su uso como ambulatorio médico. La mayoría de individuos fue chequeado, sobre todo los niños, muchos de los cuales presentaban infecciones bacterianas o parasitarias. Los más mayores también tenían casi todos alguna tara importante, como artritis, cataratas y otras dolencias oculares que Philip estudiaba con detenimiento antes de ofrecer un tratamiento. Las instrucciones del facultativo eran transmitidas a través de un traductor Tailandés que hablaba el extraño idioma de los gitanos del mar. Al final de la jornada hicimos entrega a la comunidad de medicinas y ropa usada. Antes de marchar, nos deleitamos con la simpatía de los chavales jóvenes, a quienes les gustaba entonar canciones con las que Philip, emocionado, parecía sentirse sobradamente pagado por su ayuda.

Mientras caminábamos de vuelta a la zona de bungalows para turistas en una de las playas de Ko Phayam, Philip y yo sabíamos que estábamos caminando por unos pocos metros de arena húmeda que en este caso servían para separar dos mundos diferentes. Pocas horas después esa arena sería cubierta por el agua del océano en el ciclo de marea alta. Los moken volverían así a estar separados de nuestra realidad por un brazo de mar y la noche caería sobre el poblado, como en el resto de la isla. Los viejos del lugar hablarían a los niños, alrededor del fuego, sobre antiguas historias y leyendas de antepasados que surcaban la brava mar en busca de pesca y de otras familias como las suyas.

Los moken se convirtieron en los principales protagonistas de mi visita a Ko Phayam. Cuando me decidí a visitar esta tranquila isla, ni siquiera sabía de su existencia, pero durante el tiempo que permanecí en ella, tuve a menudo la oportunidad de verlos paseando por la orilla de la playa en la que estaba plantado mi básico bungalow. Solían caminar en grupos familiares, buscando almejas y cangrejos con palos con los que escrutaban el lecho marino dejado al descubierto por la bajada de la marea. Me hizo gracia comprobar que varios de ellos vestían alguna de las camisas que yo mismo les había donado el día de mi visita. La estrecha línea de costa era ahora el terreno donde su nueva existencia se desenvolvía en frágil equilibrio. Perdidas sus embarcaciones por la acción terrorífica del tsunami, su adaptación al mundo parecía seguir un patrón de regresión temporal, eligiendo un estilo de vida más aproximado al de los primeros hombres primitivos que caminaron por la tierra hace decenas de miles de años, cazando y recolectando alimento en las líneas costeras de Africa y Asia.

Tal vez estos antiguos nómadas del mar habían visto el “progreso” seguido por el resto de la Humanidad y habían quedado decepcionados ante el uso que hacemos de la Madre Tierra. No lo sé. No pude hablar directamente con ninguno de ellos. Pero recuerdo muy bien un comentario que me hizo Philip, en alusión a los lamentos de un anciano Moken. “¿Ves esos niños? Ya no son -ni serán- auténticos Moken. Las barcas se han perdido y ya nunca aprenderán a navegar en ellas”.


Continua...

39. El viaje del Céfiro (última parte)



(continuación artículo anterior)

La posibilidad de ser detenido por la policía era, de hecho, algo que me había inquietado durante los primeros días de remada por el Mekong. Sin embargo, conforme el viaje avanzaba, esta preocupación se fue desvaneciendo al tiempo que las dificultades y peligros inmediatos me acuciaban. Ahora, con mi objetivo de llegar a Vientiane cumplido, el hecho de ser arrestado no era más que una forma más de salvaguardar el espíritu imprevisible de este Viaje a las Antípodas.

Los hombres que me detuvieron en medio del cauce se aseguraron de que no intentaría escapar (no sé cómo demonios hubiera podido hacer esto con el Céfiro) y me ordenaron subir en su lancha motora. Al Céfiro lo amarraron a la parte trasera de ésta y acto seguido emprendieron la marcha, a gran velocidad, en dirección al cuartelillo. No es que fuera maltratado en estos primeros lances de mi detención, pero lo cierto es que me sentía algo acosado, excesivamente custodiado por los gélidos agentes. Mientras era llevado hacia el muelle que daba acceso a la sede de la policía, recuerdo que no pude evitar comparar, en mi mente, la operación de mi arresto con las espectaculares escenas de acción de aquella famosa serie televisiva de los años 80, Miami Vice (“Corrupción en Miami”). Esta comparación imaginaria, acompasada al ritmo de los archiconocidos acordes de guitarreo eléctrico y de los envolventes timbales de acústica sintetizada con los que comenzaba cada capítulo de la serie en la pequeña pantalla, estaba tintada de un íntimo acceso de cachondeo surgido en uno de los momentos más críticos de todo el viaje. Pero fue una reacción inconsciente y, de alguna manera, me ayudó a mantener la compostura y a estar sereno mientras los policías -que no podían ser más distintos de aquellos elegantes y engominados Sonny Crocket y Ricardo Tabs- me llevaban con ellos.

Tanto yo como mis pertenencias fuimos conducidos al pequeño cuartel, en el que un agente vestido de oficial guardaba asiento frente a su mesa de despacho. Era un hombre más joven que los que me trajeron hasta allí, pero sin duda de mayor rango. Al verme entrar, su expresión fue más bien de sorpresa. Creo que esperaba algo diferente. Los avisos recibidos por radio o teléfono le debían haber hecho concebir la idea de que un importante narcotraficante, o tal vez un influyente espía internacional, había caído en sus garras. En lugar de eso, la puerta de la mostosa estación policial dio acceso a un personaje de curioso aspecto; ya no solo por mi desarreglado bigote, por mis chabacanos guantes de remar o por mi hediondo equipaje, sino también por mi piel requemada y, en especial, por lo ridículo que debía parecer andando descalzo pero con calcetines (pues había seguido los sabios consejos del monje Ko, quien me sugirió, esa misma mañana, que me los pusiera para proteger mis heridas en los pies del sol abrasador). La verdad es que hoy por hoy, y escribiendo desde el recuerdo, entiendo que la policía se viera en la necesidad de detenerme, aunque solo fuera como fruto del desconcertante impacto visual que causaba mi presencia remando en el Mekong.

Esa mañana la pasé metido en aquel habitáculo, rodeado de agentes que registraban mi desbaratado equipaje y siendo instigado por el jefe de éstos, el cual, cada vez que aparecía un objeto sospechoso -previamente embalado por mí en Luang Prabang con cinta aislante y plástico para protegerlo del agua- reproducía en inglés, no sin cierto dramatismo interpretativo típico del cine de acción más casposo (seguro que había visto la película Rambo muchas veces), esta misma frase: “Guat is tis…?” (“¿qué es esto…). En cuanto el superior pronunciaba estas palabras, el movimiento en la oficina se congelaba y los policías que registraban mi equipaje detenían su búsqueda con un súbito gesto gatuno que los dejaba petrificados. Toda la atención de la sala, incluida la mía, era entonces atraída por el objeto de turno que había acabado sobre la mesa del oficial. En muchos casos ni siquiera yo mismo sabía que era lo que había dentro de las muchas capas de plástico y cinta aislante, así que allí se desenvolvieron, como si de bombas de relojería siendo manipuladas por especialistas anti-explosivos se tratase, varios de mis bultos. Unas veces se trataba libros, otras de documentos, otras de ropa o incluso de un paquete circular con CDs en los que iba almacenando las fotos del viaje (todos fueron enviados a otro despacho en el que su contenido fue inspeccionado en un ordenador). Pero nada encontraron que pudiera ser considerado ilegal, y menos aún amenazante para la seguridad nacional. Conforme todos estos inofensivos artículos se iban desvelando como únicos componentes de mi equipaje, el rostro del jefe policial se tornó más sombrío, pues la verdad se iba haciendo más evidente y, en lugar de un celebrado ascenso por haber desarticulado una banda internacional de tráfico de drogas e influencias, ahora parecía como si lo único que le pudiera reportar mi presencia en su oficina fuera una humillación cada vez más grande para él. Estaba tratando, al fin y al cabo, con un vagabundo. Al final, el oficial no tuvo más remedio que dejarme marchar. Eso sí, para asegurarse de que sus acciones incluían algún tipo de orden que justificase una operación en la que participaron gran cantidad de policías (me pregunto si esa mañana quedó alguno libre para seguir vigilando las calles de Vientiane), decidió requisarme la barca. “¿Por qué? Pero es mía; la compré en Luang Prabang”, repliqué con moderación. “Es por su seguridad”, fue su contestación, susurrada por una boca arqueada maliciosamente.



Media hora más tarde, tras ser transportado en un moto-taxi que el jefe de la policía consiguió para mí desde el cuartel, me hallaba en el centro de Vientiane, cansado y desganado. Verme de nuevo en medio de una ciudad, cargando penosamente todos mis trastos y casi sin poder andar por el dolor de mis heridas, me sumió de repente en una especie de depresión viajera. Tras haber vivido una de las mayores y más emocionantes aventuras de mi vida, y tras muchos meses de viaje por lugares misteriosos y hechizantes, ahora me hallaba en una de las capitales de los países que forman la región conocida como Sureste Asiático, esa región de la tierra donde el turismo internacional ha impuesto sus propios modelos de desarrollo, y donde el viajar libremente va perdiendo, cada vez más, su esencia aventurera. Esa noche apenas dormí. La pasé tumbado en el suelo, sobre la misma esterilla y cubierto por la misma mosquitera que había estado utilizando durante el recorrido en barca. No hice esto por añoranza hacia una forma de viajar a la que se acababa de poner fin, sino porque el mugriento colchón de la habitación que ocupaba -en uno de los hoteles más baratos de Vientiane- estaba poblado por una vampiresca comunidad de ácaros de cama. Así que allí, echado en el frío suelo, rendido a los insectos de la capital, y cegado por la oscuridad húmeda de un cuarto sin ventanas, me acordé del Céfiro. Y del Mekong.

El día siguiente desperté imbuido de un firme e ilusionante propósito: volver a hacerme con el control de mi barca. Durante la noche velada, esta opción había ido tomando cada vez más fuerza. Al principio me la tomé a broma, pero poco a poco fui dándome cuenta de que la posibilidad de arrebatarle a la policía lo que me habían quitado, sin una razón justificada, era lo único que me ayudaría a conciliar el sueño, así que al despertar lo tenía muy claro. Esa mañana la pasé en el hotel, descansando y planeando los detalles de la operación que iba a ponerme de nuevo en contacto con mi querido Céfiro. Por la tarde alquilé una bicicleta y paseé con ella por el centro de Vientiane, como haría cualquier otro turista, pero cuando el sol comenzaba su descenso de lo alto de los cielos, regresé al hotel. Allí me vestí con ropas oscuras, me calcé unas zapatillas deportivas, introduje mi cuchillo de caza y una linterna frontal en una pequeña riñonera, y acto seguido me encaminé, pedaleando, hasta las inmediaciones del cuartelillo en el que había sido ultrajado por la policía. Me aseguré de llegar hasta el muelle del cuartel cuando el sol se hubiera ocultado por completo, de manera que la presencia de un falang, merodeando tan alejado del centro de la ciudad, no levantase sospechas entre la gente local (aunque estaba en las afueras de Vientiane, la zona era muy bulliciosa).

Al llegar, la penumbra del comienzo de la noche todavía ofrecía algo de visibilidad a mi alrededor, lo cual me bastó para distinguir al Céfiro flotando sobre la aceitosa superficie del Mekong. Estaba mal amarrado y separado unos metros de la orilla, encajado entre dos hileras formadas por una veintena de lanchas rápidas bien ordenadas. Estas hileras estaban dispuestas perpendiculares al curso del río, y muy cercanas las unas a las otras, así que el Céfiro se hallaba en muy malas condiciones para ser liberado limpiamente. No obstante, más difícil que hacer esto último, era el hacerlo sin ser descubierto. El cuartel de la policía estaba a unos treinta metros río abajo, pero sus luces estaban apagadas, así que, si había alguien dentro, con toda seguridad estaba durmiendo. En cambio, no ocurría lo mismo en una caseta de madera situada en lo alto del terraplén en que consistía la orilla del río en este tramo. En ella vivía una numerosa y ruidosa familia que en aquel momento se hallaba en el exterior, disfrutando del frescor de la noche, cuyos miembros estaban situados justo encima de donde estaba amarrado el Céfiro, así que descender hasta el agua desde allí no era posible. Con la poca visibilidad y con la acusada pendiente del terraplén, hubiera sido imposible avanzar sin hacer ruido y, por tanto, sin ser descubierto. Dado lo complejo de la situación, tuve que alejarme unos cien metros del lugar hasta que encontré una rampa de pendiente moderada que bajaba hasta el río. Entonces retorné en dirección a mi barca, andando ya con los pies dentro del agua, muy despacio y con gran precaución para no pisar algún objeto punzante (pues también evité utilizar mi linterna). Cuando llegué donde se encontraba el Céfiro, la noche era ya cerrada. Mi figura no era más que una sombra que se mezclaba con la oscuridad de igual forma a como las nubes se vuelven una en un día lluvioso. Tan solo debía tener cuidado con no hacer ruido, pues la familia que había visto antes estaba a solo unos metros de distancia. Podía escuchar sus voces a pocos metros sobre mí, hablando animadamente como si nada pasara.



En aquella situación, y debido al enorme sigilo con el que actuaba, me sentía pesado y torpe. Para tener acceso al Céfiro, tuve que sumergirme en el Mekong casi hasta los hombros, pues la profundidad en ese lugar era algo mayor de lo que es habitual a lo largo de la orilla. Cuando llegué hasta él, lo agarré con mis manos y lo acerqué hasta mí despacito; desaté el amarre y entonces saqué mi puñal de la riñonera que portaba. A continuación me dispuse a acometer el plan que había maquinado la noche anterior. Al principio de este capítulo comenté que en el fondo de la parte trasera del Céfiro había una ranura taponada con goma de neumático. Creo que en el pasado la barca había contado con un motor, de modo que la caña de la hélice debía pasar por esta ranura. Era el único “punto débil” del casco, así que allí clavé mi puñal y rajé la goma, hecho lo cual, el agua comenzó a introducirse en el Céfiro.

En pocos minutos el agua sería demasiada y mi barca se hundiría por completo, pero aún había tiempo para una cosa más. En mi riñonera traía conmigo un trozo de tela blanco y alargado que en el Tíbet llaman jada y que sus habitantes tienen por costumbre poner en torno al cuello de sus seres queridos cuando éstos emprenden un viaje, o también para honrarlos en todo tipo de ceremonias. A mí me pusieron muchas durante mi reciente estancia en ese hermoso país, pero solo conservaba las tres últimas; aquellas que me habían endosado, para despedirse de mí, las tres jóvenes camareras tibetanas que tantos cafés y sopas me sirvieron en mi bar preferido de Lhasa. Cuando el Céfiro comenzaba a hundirse, enredé una de estas jadas en la madera de la proa, le di un último adiós y acto seguido lo impulsé con todas mis fuerzas a través del estrecho canalillo que había entre las demás embarcaciones. El impulso fue suficiente para que el Céfiro accediese, por sí solo y lentamente, al amplio cauce del Mekong. Allí se unió a la tímida corriente –casi inexistente en temporada seca a su paso por Vientiane- y avanzó unos metros río abajo. El agua seguía entrando en su casco sin remisión y cada vez la barca era más pesada. Enseguida lo perdí de vista, así que rehice el camino hasta lo alto del terraplén y lo busqué de nuevo asistido por la tenue luz de una luna creciente. Me costó divisarlo, pero lo localicé, ya casi detenido en el medio del cauce, a mucha distancia de donde yo estaba. Después vi, con mucha dificultad –como si fuera en una oscura ensoñación, cómo torcía un poco su rumbo y avanzaba de nuevo en dirección a la orilla, ahora muy despacio y casi lleno de agua. Pocos segundos más tarde se detuvo un instante, como si tuviese vida propia y como si estuviera replanteándose su regreso a tierra firme. Entonces su figura comenzó a menguar hasta que al final, desde mi posición, tan solo podía apreciar una raya negra pintada sobre el río en la distancia. Y después nada.

El Céfiro desapareció bajo las aguas del Mekong cubierto por un extraño reflejo blanquecino de luz de luna. Su viaje había terminado.

En los minutos posteriores permanecí sentado en un banco de cemento situado en el borde de la elevada orilla, justo delante del cuartel de la policía. No había nadie a mi alrededor, aunque eso ya no me inquietaba. Había llevado a cabo mis intenciones, y ahora ya no hacía falta preocuparse por lo que pudiera ocurrir. Me apetecía pensar con relajación y comenzar a disfrutar de la sensación que produce un final feliz y justo. Y sobre todo, memorable. Cuando la policía me requisó la barca, pensé que estaban emborronando una bonita memoria y que yo estaba siendo objeto de una injusticia. Ahora comprendía que el llegar remando hasta Vientiane no había sido suficiente para mí; no si no podía despedirme del Céfiro como le correspondía. Con todos los honores.

Pero también tuve otra reflexión que jamás olvidaré. Me di cuenta de que el Viaje del Céfiro había sido una metáfora de mi propio Viaje, de esta experiencia que estaba transformando mi vida y que había decidido emprender cuando más acomodado y asentado me encontraba, viviendo como uno más, sin hacer ruido y destinado a prolongar un estado de anhelo que iba a durar hasta el fin de mis días si no ponía remedio desligándome de todo y llevando a cabo este maravilloso viaje. Cuando vi al Céfiro por primera vez, casi tres semanas antes, amarrado en un remanso embarrado del Mekong en Luang Prabang, apenas era poco más que un objeto insignificante, uno más de entre los muchos barquichuelos cuya función es, como mucho, ser utilizados para cruzar de una orilla a la otra del río. Tal vez llevaba a cabo, de vez en cuando, alguna aventurada escapada en compañía de su dueño para pescar unos pocos peces, o incluso para servir como puesto de mercado flotante en una mañana en la que su dueño hubiera recolectado gran cantidad de cebollas -de esas que crecen en las empinadas orillas de la vertiente pobre de Luang Prabang. Pero eso es todo. No servía para mucho más. Y tal vez, nunca más. Los mejores días del Céfiro ya habían pasado cuando lo conocí. Creo que su final estaba cerca. Creo que a su existencia solo le restaba el tiempo que otros le quisieran dar, antes de convertirlo en leña, en un macetero grande para cultivar tomates, o en algo parecido. Sin embargo, nuestros caminos se cruzaron y su futuro se transformó por completo.

Cierto es que su vida se acortó aún más de lo esperado; ¡pero cuan emocionantes fueron sus últimos días! En el tiempo que pasamos juntos, el Céfiro conoció nuevos rincones del vasto Mekong, acaso los más exuberantes y espectaculares de todo su curso; se encontró con nuevas gentes; pasó por innumerables peligros; surcó valientemente aguas revueltas y traicioneras; visitó otros países; ¡incluso sobrevivió a un naufragio! Al final de su viaje fue apresado y después liberado. Y por último fue libre de verdad; libre también de su utilización por los seres humanos. Él solito recorrió sus últimos metros en una hermosa noche, llevado por la corriente, hasta desaparecer bajo las aguas del mismo río al cual había dedicado su existencia. La vida del Céfiro fue plena. Y su viaje, la perfecta culminación de ésta.

Continua...